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Carta en una Playa sin Nombre

Maldito sea el momento en el que pensé en venir a este lugar alejado de cualquier salvación…

Escribo estas palabras en lo que considero mis posibles últimos momentos de lucidez. Quisiera creer que la Luz me ha abandonado, pero conociendo la existencia de los horrores que he visto, la presencia de la Luz y su esperanza sólo serían un macabro intento de desconocer la antigua verdad de nuestro destino. Una burla hacia nuestra existencia, orquestado por esa maldita brújula.

Todo comenzó hace… ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses? Mi mente no consigue vislumbrar el tiempo en el que este tormento me ha acompañado.

Era un aventurero, como muchos otros antes que yo, dispuesto a explorar el mundo y hacerme con todos los tesoros y riquezas que pudiera imaginar. A más de uno le resultará familiar. Mis viajes me llevaron desde a prados verdes poblados por los seres más bellos en las Colinas Pardas, hasta templos malditos en las secas y olvidadas arenas de Uldum. Cada lugar esconde peligros, pero jamás imaginé lo que encontraría en esta playa maldita.

Cuando llegué al Valle de Canto Tormenta me imaginé que terminaría teniendo unas semanas de descanso en aquellas granjas de Brennadan, y así fue al principio. La gente era tranquila y agradable. Hablando con nativos, me contaron sobre los tortolianos, criaturas con aspecto de tortuga que frecuentaban las costas intercambiando objetos antiguos e historias.

Por supuesto, me dirigí en seguida en busca de ellos.

No especificaron ninguna costa concreta, pero tampoco lo necesitaba. Mi espíritu aventurero me instó a explorar casi toda la región costera en su búsqueda, y más pronto que tarde, en una playa cuyo nombre desconocía, si es que siquiera tenía uno, me encontré con un pequeño grupo de estos.

Eran extraños, pero agradables, e intercambiamos bastantes historias. Sus enormes caparazones albergaban montones de pergaminos y objetos antiguos, aunque uno de ellos… no consigo recordar su nombre… tenía algo que, en aquel entonces, me llamó bastante la atención.

Mientras conversábamos, me percaté de una curiosa brújula que reposaba en su caparazón. Mis ojos se iban hacia ella en todo momento, como si fuera algo que desentonara demasiado con el resto de objetos, y a la vez, sentía que no debía preguntar por ella, ya que de hacerlo, podría delatar el interés desmedido que sentía por dicho objeto, convirtiéndome en, como dirían los goblins, un caramelo.

Debo de admitir que en mis viajes, frecuento el uso de artimañas que muchos podrían considerar poco éticas. En este caso, hice uso de estas habilidades y, en un descuido, me hice con aquella brújula. Luego, marché dejando al grupo de tortolianos en aquel lugar junto a los rayos del sol del crepúsculo.

Observé ese extraño objeto en busca de desvelar qué la hacía tan especial, pero cuando la tuve en mis manos, nada la distinguía de mi propia brújula personal por ejemplo.

Tenía detalles marinos, y cláramente perteneció a alguien de Kul Tiras, pero ya tenía una brújula de la región como recuerdo de aquella visita. Además, parecía estar imantada de una forma algo menos eficaz, ya que aunque su fría aguja apuntaba hacia el norte, era mucho más endeble y menos firme que la mía.

Por desgracia para mi y aunque en aquel momento aún no lo sabía, ya era demasiado tarde.

Cuando volví a la posada donde me hospedaba, no tardé en conciliar el sueño. Aún así, soñé con algo verdaderamente extraño.

Me encontraba en un vacío de oscuridad y soledad, y a lo lejos, el salino olor del mar comenzaba a llegar. Poco a poco escuchaba el goteo del agua en algún lugar, acercándose, sin prisa pero sin pausa. Era un incesante sonido que poco a poco se iba convirtiendo en un chapoteo, como si algo o alguien se fuera acercando desde algún lugar que no podía ver. Sentí como el peligro me acechaba y mi mano se dirigió rápidamente a donde suele colgar mi fiel cimitarra, pero antes de poder coger nada, algo me agarró y el estruendoso sonido de un rayo cayendo no muy lejos de mí terminó con ese angustioso sueño.

Aún sigo dudando de si ese rayo sonó en mi cabeza, o si realmente cayó fuera de la posada. A fin de cuentas, el valle de Canto Tormenta no se llama así en vano.

Al día siguiente no le di la importancia que merecía a ese sueño. Una mera pesadilla debido al exceso de comida salada, me imaginé.

Por supuesto, ese día comencé a notar cosas extrañas. Cuando salí a la Ciudad de Brennadan, me sentí como si alguien tratara de vigilarme. Pensé que podía deberse al robo de aquella brújula, pero nadie de esa ciudad podía haber sabido nada al respecto.

En un cruce de caminos, cuando me giré para ver qué había en una de las direcciones, recuerdo notar la presencia de alguien a mi lado, e incluso pisó corriendo un charco, el cual salpicó mis cuidadas botas. Cuando me giré entre sorprendido y enfadado para replicarle, no había nadie en aquella dirección. De hecho, miré en todas las direcciones y, por un momento, me percaté de que estaba completamente solo. No escuchaba ni a personas ni a animales. Solo y únicamente al mar.

Por algún motivo, sentí que debía de mirar la brújula, y mi presentimiento fue recompensado con algo muy revelador: La brújula había dejado de apuntar al Norte. ahora símplemente apuntaba a algo que… parecía moverse.

Me sentí intrigado por ese extraño cambio, y mi mente deseosa de encontrar algún tesoro oculto, quizás de alguno de esos sabiomar de los que tanto hablaban en aquella región, siguió donde la brújula apuntaba.

Durante el camino no paraba de mirar aquella aguja tratando de no desviarme ni un ápice de mi desconocido objetivo. El viaje, al principio emocionante, pronto se volvió tedioso, monótono y aburrido. Aún así, continué andando sin quitar la vista de la brújula.

Cada segundo que miraba esa cosa, más me obsesionaba con ella. Pensaba en los posibles secretos que podría ocultar. En cómo pudo haber llegado a las manos de un tortoliano. En si el propio tortoliano pudo haber reclamado ya esa recompensa que me pertenecía.

En algún punto de la ruta, mi mente divagó fuera de mi cuerpo. Quizás cayera exhausto por cansancio, o quizás me eché a descansar sin darme cuenta, pero antes de percatarme hacia dónde me estaba guiando aquella aguja imantada, me vi una vez más en aquella oscuridad eterna.

Cogí mi cimitarra apresuradamente, temiendo que llegara lo que la última vez intuí, pero esta vez algo cambió. El salino olor del mar se entremezcló con el pútrido olor de la carne podrida. Miré a mis pies y vi como estos estaban sumergidos en agua. El agua de una costa olvidada a la que probablemente nadie habría ido en demasiado tiempo.

Al menos, hasta ese momento, ya que ahora estaba yo allí, y conmigo, llegó alguien o quizás algo… más.

Me giré, cimitarra en mano, y me encontré cara a cara con algo que hizo que me diera un vuelco el corazón. Aún se me eriza el pelo al recordar esa imagen…

Frente a mi se encontraba mi anciano padre, fallecido muchos años atrás, con un aspecto deforme, pútrido, impío… Había visto no muertos antes, pero ninguno de ellos se parecía a la imagen que tenía frente a mi. Me miraba con unos ojos vacíos y habló con una boca que, si bien estaba, no parecía saber abrir, como si su piel no fuera más que un mero caparazón para algo terrible que ocultaba en su interior.

Sus palabras sonaron desde la lejanía. “Ven a nosotros” me dijo. “Serás nosotros”.

El sonido de sus palabras me provocó un gran dolor de cabeza, como si mis oídos no soportaran la existencia de esa voz. Grité dolorido mientras notaba como mi cabeza se humedecía con la sangre que brotaba de mis orejas.

Cerré los ojos desesperadamente, y tras unos eternos instantes, me encontré en lo que creía que era un lugar familiar.

Estaba de nuevo en aquella playa sin nombre donde robé la brújula a aquel tortoliano.

Pensé que el objeto albergaba algún tipo de maldición, por lo que busqué a aquel ser de nuevo en aquella costa, y tras encontrarlo, le rogué que aceptara de nuevo la brújula que le quité a traición.

A pesar de ello, el tortoliano se mostró confuso. Aseguraba que jamás había tenido una brújula, y menos encantada, y de hecho, me dijo que acababa de llegar a esa costa por primera vez. Por supuesto, nunca había hablado conmigo, y ninguno de sus compañeros parecía reconocerme.

Desesperado y dudando de lo que acababa de pasar, decidí tirar la brújula al mar y correr de vuelta a la posada.

Rayos cayeron durante el camino, atraídos junto a una gran lluvia. Cada destello eléctrico me recordaba a ese extraño sueño, y esa angustiosa visión. Solo quería llegar, secarme junto al fuego y descansar.

Por desgracia para mi, no todo iba a ser tan sencillo.

Al llegar a la taberna solo busqué normalidad. Hice lo que me propuse, secarme junto al fuego y pasar el rato escuchando conversaciones ajenas mientras miraba las danzas de las llamas en aquella antigua chimenea.

Alguien se sentó a mi lado, creo que me comentó que era un músico que trataba de inspirarse para sus nuevas obras viajando por el mundo. Realmente necesité esa charla. Hablamos durante horas, siempre evitando el tema de lo que me había pasado estos últimos días.

A altas horas de la noche, decidí que era buen momento para retirarme a mi habitación, por lo que me giré para pagar al posadero las bebidas que había tomado en aquella velada y despedirme de ese agradable viajero.

Me sentí aliviado por aquella conversación, por lo que me ofrecí para que el posadero apuntara en mi cuenta las bebidas que tomó el músico. La mirada extrañada del tabernero me hizo ver la realidad una vez más. Donde aquel músico había estado hablandome de sus viajes y sus aspiraciones apenas unos minutos atrás, solo había un espejo.

Ese músico estaba ahí, no fue mi imaginación, estoy completamente seguro y lo estaba en aquel entonces, pero no tenía forma de explicar lo que estaba pasando, así que símplemente cansado y algo alterado, traté de retirarme lo antes posible para descansar.

Aquel sueño se repitió una vez más. 

Cada vez que volvía a cerrar los ojos la costa estaba más detallada. Esta vez se veía claramente el agua. Era un mar oscuro como un abismo infinito. También estaba ese olor pútrido en el ambiente. La tierra tenía un color rojizo, como si la arena fuera sangre seca, palpitante y muerta pero viva al mismo tiempo, además en el horizonte, una estrella oscura, como un dios omnipresente que observaba desde la nada más de lo que siquiera podía concebir a imaginar. Tras la estrella, un destello morado mantenía el lugar en un oscuro ocaso crepuscular perpetuo.

Dentro de la Estrella pude ver una silueta. Se trataba de aquel músico, pero a la vez, no era nadie que conociera. Se mantenía levitando, sin ningún tipo de magia que jamás hubiera visto. Dijo mi nombre, y luego repitió lo que anteriormente me había dicho en el aspecto de mi fallecido padre. “Ven a nosotros. Serás nosotros”.

Sus palabras se metieron dentro de mi cabeza haciendo que la propia concepción de las mismas fueran una fuente de dolor. Sabía que esas palabras significaban algo más, pero mi mente no era capaz de entenderlas.

A lo lejos distinguí como la tierra se retorcía en una espiral sin forma. Sabía que pronto esa espiral estaría donde yo me encontraba. Era plenamente consciente de que debía de moverme, pero mi cuerpo estaba paralizado por aquellas palabras. 

Y volví a despertar con una gran ola golpeándome la cara.

Solo que ya no estaba en la posada. Estaba una vez más, en aquella Playa sin nombre. Busqué a los Tortolianos, pero ya se habían ido. ¿O quizás aún no habían llegado?

Mi mente me daba vueltas, y mi cuerpo empapado solo buscaba cobijo y calor.

Volví a la Posada, y todo estaba, una vez más, tal y como había estado antes, aunque el posadero no pareció reconocerme, al igual que le pasó a los tortolianos.

Me volví a sentar en aquella silla junto al espejo, y noté en mi bolsillo algo. Metí temblando mi mano en el bolsillo, esperando que mis temores no fueran ciertos, pero en aquel momento mi existencia solo era una broma macabra del destino. La brújula estaba una vez más conmigo.

No sé… cuántas veces se repitió. Cuánto tiempo aguanté. Los mensajes de ese ser que se esconde tras ese caparazón humanoide…

Finalmente creo que entiendo lo que debo hacer.

Escribo estas palabras en lo que considero mis últimos momentos de lucidez desde esta Playa maldita sin nombre. O puede que toda lucidez desapareciera en mí días atrás. 

Lo único que sé, es que tengo la brújula, y esa figura que se esconde dentro de un cuerpo humano está junto a mi. Junto a mi cuerpo. Voy con ellos. Soy ellos.

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Lalatei: Cargas

-Algo morado… Y con ruedas. O bueno… patas. Da igual, que se mueva.

El sonido de dos lápices siendo usados velozmente inundaba el interior de aquella apartada casa dentro de la gran montaña que era Forjaz.

Lalatei se encontraba tirada en la cama boca abajo, con un pijama simple para estar mas cómoda, mientras dibujaba en su cuaderno, como siempre solía hacer.

Normalmente estaría dibujando cualquier cosa que se le pasara por la cabeza, pero esa noche su mente la traicionaba haciendo que dibuje algo bastante concreto.

-Patas… ¿Con largas orejas, bigotes y un cuerpo peludo?

La voz de su hermana gemela la interrogó desde la mesa, al fondo de la habitación en la que se encontraban.

Estaba de espaldas escribiendo sobre unos planos, sentada en una silla que prácticamente parecía un trono.

Giró su cabeza para mirar a Lalatei con una sonrisa bastante cómplice. A pesar de ser gemelas, no eran mellizas, por lo que sus facciones distaban ligeramente entre ambas. Además, su hermana Sairisa solía estar constántemente tiñéndose el pelo y cambiando de extravagante peinado a algún otro más extraño. Ahora tenía un tono verde recogido en un largo moño que casi parecía ser un castillo.

-¿Qué pasa…? -Respondió Lalatei ante el gesto de su hermana. -Ya sabes como va esto, no busco ningun tipo de correlación, símplemente te digo cosas aleatorias…

-No paras de describirme conejitos ¿Algo de lo que quieras hablar?

Lalatei escuchó una risita tras el respaldo de la silla.

-¿Qué estás insinuando…?

Lalatei se incorporó en la cama mirando la silla de su hermana, y esta levantó un mando para que lo viera claramente, presionando un botón.

Tras eso, el roboconejo que había estado sirviendo a Lalatei en sus primeros días en el ejército apareció corriendo esperando órdenes.

-¡Eh! ¡Eso es de Raz, no puedes hacer uso de él así como así!

La silla de Sairisa se giró sobre sí misma para poder mirar directamente a Lalatei.

-Lala, sabes que sé cuando algo te obsesiona, y esto… te obsesiona… -El conejo soltó un pequeño gritito mecánico como a modo de respuesta.

-Claro que me obsesiona ¡Es mi responsabilidad! Raz me lo confió a mi y tengo que estar a la altura.

Durante unos momentos, la habitación quedó en un total silencio. Lalatei bajó la mirada como si se hubiera dado cuenta de que hubiera dicho algo que no debía, y Sairisa se quedó mirándola directamente, esperando algo más, hasta que terminó rompiendo el hielo.

-Otra vez la responsabilidad Lala… No fue tu responsabilidad. Ni tu culpa.


Años atrás, tras el incidente de Gnomeregan, muchos gnomos quedaron atrapados en la ciudad.

Algunos salieron a las horas. Otros, a las semanas. Lalatei, sus hermanos y un pequeño grupo se escondieron en uno de los domicilios de los niveles intermedios algo apartado. La comida era escasa, temían que en cualquier momento otra oleada de gas llegara por los conductos de aire limpio a domicilio y los matara en cualquier momento, o que los seguidores de Termochufe llegaran antes.

Lalatei llegó a ver los efectos directos de la radiación en alguien del grupo quien al poco tiempo comenzó a convertirse en una aberración de pústulas, pus y locura. La imagen de aquel pobre gnomo y su lenta y dolorosa transformación le impidió dormir muchos de los días que estuvieron allí atrapados.

Por suerte para ella y su hermana, Dari, su hermano mayor, llegó a contactar con su equipo de protectores de Gnomeregan antes de que se desmoronara todo, por lo que los pocos que estaban ahí tenían experiencia militar. A pesar de ello casi ninguno se podría llamar veterano a sí mismo. Al igual que Dari, todos apenas llevaban unos años en el ejército y no habían experimentado ninguna situación tan descontrolada como podría ser aquella.

Los días pasaban y el grupo cada vez se reducía más. Un ambiente de pesimismo se integraba en el grupo.

A pesar de que Dari y los suyos se encargaban de buscar comida y mantenerlas seguras, Lalatei vio como su hermana se decaía por completo hasta que el miedo la dominó.

Sairisa comenzaba a llorar sin previo aviso, temblaba y apenas respondía a lo que le decían. Incapaz de soportar ver más a su hermana en ese estado, Lalatei supo lo que debía hacer.

-Sisi… -Le comenzó a decir. -Sé que tienes miedo… sé que crees que no vamos a salir de aquí… Pero te prometo que lo haremos… Te protegeré y saldremos sanas y salvas. Mientras sigamos juntas, no nos vamos a rendir. No vamos a dejar que nadie nos venza ¿Vale?

Sairisa símplemente se abrazó a ella a modo de respuesta, y tras unos momentos, dejó de temblar, asintiendo.

Como si fuera una reacción a esas palabras, Dari apareció con algunos del grupo que habían salido.

-Hemos encontrado una salida. Un ascensor fuera de servicio. Podremos reactivarlo sin problemas y salir a la superficie.

Lalatei sonrió a su hermana y esta le devolvió la sonrisa, algo más segura de sí gracias a sus palabras.

El grupo no tardó en movilizarse mostrando una organización excelente. Dari encabezaba la marcha, mientras que ocho se distribuían simétricamente, dejando a las hermanas en el centro.

A medida que avanzaban, repelieron a Troggs y algún que otro gnomo paria enloquecido por la radiación.

Lalatei trataba en todo momento de evitar que su hermana viera las escenas de muerte que transcurrían a su alrededor, tratando de protegerla a toda costa, pero sus esfuerzos no podían evitar que escucharan las espadas-sierras rasgando la carne de sus enemigos.

-¡Allí está! -Dijo uno de los gnomos señalando al final del largo pasillo.

Lalatei y Sairisa miraron hacia donde señalaba y comenzaron a avanzar con más determinación.

Cuando finalmente llegaron, el grupo adoptó una posición defensiva en la zona mientras uno de los gnomos comenzó a trastear con la consola de mandos del ascensor.

A pesar de tener la salida al alcance de su mano, los troggs aún suponían una amenaza. Algún que otro trogg aparecía tratando de lanzarse sobre ellos, pero aún mantenían una férrea línea defensiva.

-Gracias Lala… -Dijo Sairisa cogiéndola de las manos, aún algo nerviosa. -No sé qué me había pasado… pensé que…

Lalatei la calló negando.

-Te dije que te protegería y te sacaría de aquí. Simplemente necesitabas saber que aún en los peores momentos… siempre hay esperanza…

Sairisa abrió la boca para decir algo, pero justo en ese momento un gran chispazo de la consola hizo que un estruendo comenzara a sonar.

Habían logrado activar el ascensor, pero este estaba en algún piso superior, y haciendo que su descenso fuera horrorosamente sonoro. Cualquiera habría pensado que las propias paredes estaban gritando de agonía.

-¡Preparaos para las oleadas de verdad! -Gritó Dari mientras hacía rugir su espada sierra.

El grupo observó el largo pasillo por el que habían llegado, con unas luces parpadeantes que apenas dejaban nada a la vista, mientras escuchaban el chirrido del metal que provocaba el descenso del ascensor. Solo que… no era solo del metal…

Lalatei abrió mucho los ojos al ver la gran cantidad de troggs que habían acudido ante el ruido, y comenzó a temblar, como si hubiera olvidado sus propias palabras.

Los troggs llegaron en tropel hacia la línea defensiva y los gnomos trataron de aguantar como pudieron, pero eran demasiados. Símplemente, demasiados.

De entre todos los troggs, vio como uno más grande que el resto agarraba a uno de los gnomos protectores y lo lanzaba por los aires hacia la marea invasora, haciendo que apenas en un segundo desapareciera bajo estos.

Luego siguió avanzando mientras las filas gnomicas se rompían.

Dari sacó su artillería pesada, la cual consistía en un rifle de repetición. Probáblemente se recalentaría muy pronto, pero servía para poder mantener al equipo más o menos a salvo mientras se reorganizaban.

Lalatei escuchaba los gritos de agonía de los miembros del grupo que iban cayendo por la marea trogg, sin apartar la vista de aquel monstruo más grande que el resto. Este, a su vez, pareció percatarse de ello, ya que le devolvió la mirada y comenzó a correr diréctamente en su dirección.

Su cuerpo se paralizó completamente y lejos de poder saltar, esquivar, rodar o hacer cualquier cosa, simplemente se quedó ahí parada, temblando.

Quiso cerrar los ojos pensando que iba a morir, pero ni siquiera eso quiso obedecer su cuerpo.

Durante un instante, el corazón de la gnoma se paró, viendo como el trogg pasaba a su lado, pero para su confusión, la ignoró por completo. En su lugar fue hacia algo mucho peor.

El grito de Sairisa hizo que Lalatei volviera en sí y girara su cabeza para observar con horror como el trogg había agarrado a su hermana y la mantenía en el aire.

El cuerpo de Lalatei temblaba sin saber qué hacer o cómo reaccionar. No sabía luchar, no tenía fuerza, no tenía armas, y lo único que veía era como su hermana estaba a punto de morir frente a ella.

Lejos de poder reaccionar, observó como el trogg golpeó contra el suelo a su hermana para luego patearla.

El ascensor llegó justo en el momento en el que el trogg había arrancado una tubería y se disponía a usarla.

La moribunda gnoma apenas pudo moverse cuando recibió el garrotazo.

-¡¡Sisi!!

Lalatei gritó con todas sus fuerzas sin poder aguantar sus lágrimas, y como si fuera algún tipo de respuesta inmediata, una ráfaga de disparos cayó sobre el trogg, haciéndolo prácticamente añicos.

Dari agarró la mano de Lalatei y tiró de esta hacia el ascensor, mientras ordenaba a dos de los gnomos que aún seguían vivos que cargaran a la moribunda Sairisa.

Mientras finalmente ascendían, Lalatei se quedó mirando a su hermana, la cual cláramente estaba al borde de la muerte.

Una imagen que difícilmente olvidaría.


Sairisa miró a su hermana y su silla comenzó a mover sus patas para acercarse.

-Lala… sabes que no fue tu culpa. Ni de Dari, ni de nadie.

Lalatei bajó la mirada entrelazándose los dedos de las manos.

-Pero… tú… yo te dije…

Sairisa suspiró y negó.

-Ya lo hemos hablado muchas veces Lala. No fue tu responsabilidad. No tienes que castigarte, y sobretodo ¡No tienes que dedicarme tu vida en compensación!

-No te dedico mi vida… -Replicó Lalatei tímidamente.

-¿Ah no? ¿Y cuándo fue la última vez que saliste a divertirte por ahí, sin que yo te lo haya ordenado explícitamente? ¿Cuándo quedaste con alguien? ¿Cuántas veces te han ofrecido ir a algún sitio con alguien y lo has rechazado porque “tenías que cuidar de tu indefensa hermana”? Por favor, la que no puede usar las piernas soy yo ¡No tú!

-Yo… bueno… ¿cómo sabes…?

Sairisa se pasó la mano por la cara mientras negaba, solo para responderle con un enérgico grito mientras comenzaba a moverse por toda la habitación casi dando saltos usando su silla.

-¡Porque eres un libro abierto para mi! Mírame, puedo andar, puedo saltar ¡Puedo bailar! -Eso último lo dijo mientras rotaba su silla mientras caminaba rápidamente. -Mejor que tú, además…

Lalatei no pudo evitar sonreír un poco al ver a su hermana así y asintió levemente.

-Supongo… que tienes razón…

-¡Claro que tengo razón! Siempre la tengo -Bromeó volviendo a su posición inicial delante de la mesa.

-Trataré de aprender a… bueno… ¿Hablar con la gente?

Su hermana soltó una risita alegre.

-Es un comienzo. Ah, ¡y te prohibo usarme de excusa para esfumarte!

Lalatei asintió volviendo a coger su cuaderno.

-Vale, muy bien… eh… ¿Seguimos…?

-Después de tí -Asintió cogiendo un lápiz de nuevo.

-Mmh…Con alas de plomo.

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Idril: El susurro del ocaso

Por unanimidad de la encuesta que realicé en twitter, os daré un poco de la historia de Idril, aunque no se remonta tanto en el tiempo, salvo en el momento de la caída de Quel’thalas. Sin embargo, pretendo escribir más adelante lo que sucedió con ella e intercalar recuerdos que os ayuden a comprender el personaje.

Hace 13 años

—¡Eothan! —gritó Idril desgarrando su garganta, viendo a lo lejos cómo el templo de An’daroth caía, apagándose la luz arcana que proyectaba hacia el escudo. El enemigo rompió el hechizo de invisibilidad del templo que se podía ver desde las colinas de Corona del Sol. El Ban’dinoriel —el escudo mágico que envolvía el reino élfico— se estaba debilitando. Idril presentía que su hermano estaba en peligro. Los no-muertos invadían todo el bosque de Canción Eterna y la aldea, estaba perdida. Debían huir, pero la joven elfa, destrozada por el dolor, la impulsaba a ir hacia An’daroth para ayudar a Eothan. Un fuerte brazo la cercó y la atrajo apresándola para que no escape hacia su perdición. La elfa forcejeaba sin apartar los ojos del templo.

—¡Idril, es inútil! ¡tenemos que ir a la ciudad! —apresuró a decir su padre, mientras trataba de tranquilizarla abrazándola. Viendo la misma imagen que su hija contemplaba con profundo dolor, el tiempo apremiaba. No podía permitir que su pequeña hija, su única hija, tuviera el mismo destino. Con premura alcanzaron a Dalia, su esposa, para huir de la calamidad.

El templo de An’telas cayó pocos minutos más tarde, estaban rodeados. Los Errantes y parte de la guardia trataban de poner a tantos civiles como podían a salvo, interceptando a cualquier no-muerto que intentase alcanzarlos, pero eran demasiados.

—¡Corred! ¡Todo mago dispuesto, ayudad! ¡Mientras el Ban’dinoriel resista, su magia oscura no podrán usarla! —Bramó el Capitán.

“¡Shindu fallah na!”  (¡Ya están aquí!) . Almandur, al escuchar la petición del Capitán, estando junto a su hija y esposa, se detuvo y las miró.

—Poneos a salvo —las dijo.

Idril, viendo las intenciones que tenía su padre, se alarmó y le abrazó muy fuerte. Había visto como caían algunos soldados mientras corría la familia Susurra Alba. Su padre no podía teletransportarlos a la ciudad, precisaba concentración y para eso, era cuestión de estar en un lugar seguro para pasar desapercibidos e invocar el hechizo hasta la ciudad. Sin embargo, viendo que necesitaban más fuerzas para contener la plaga y reducirla, al menos, para que les diera tiempo a llegar a Lunargenta todos cuanto podían, Almandur* decidió quedarse.

—¡NO! No por favor… Ann’da, no te vayas… —suplicó entre lágrimas.

Almandur cogió de los brazos de su hija y trató de separarla de él. Forcejeó un poco, ya que Idril apretaba el abrazo, pero cedió para mirarle a los ojos. Su padre limpió sus lágrimas.

—Iré en cuanto pueda, lo prometo. Ve con tu madre. —tras decir eso, la dio un beso en la frente y a su esposa, una caricia en la mejilla— No miréis atrás. Id a la ciudad.

Dalia asintió conteniendo las emociones por su hija, mientras la abrazaba, ya que también temía por la suerte de su esposo. Corrieron, dejando a Almandur atrás. Debían ponerse a salvo, poner a salvo a su hija. Aceleraron tan rápido como las piernas le permitían, casi arrastrando a Idril.

—No te separes de mí, hija. —su voz se quebraba mientras aferraba su mano.

Se oían gritos de terror. Civiles buscando refugio en la ciudad. La plaga ganaba terreno y a pesar de que los rompehechizos y los mago les intentaban hacer un muro de contención, junto al resto de Los Errantes, caían bajo la espada de los campeones de Arthas.

—¡Dalía! ¡Aquí! —una voz conocida la llamaba. La elfa miró por todas partes hasta encontrar a su vecino. —¡Pronto! ¡Os trasladaré a Lunargenta!

—¡Oh, Gracias!

El Magister, los trajo en un refugio donde había más civiles asustados. Debía ser rápido para trasladar a todos. Se concentró lo suficiente mientras trazaba unas runas en el aire. Idril pudo sentir como algo tiraba desde su interior y de repente desaparecieron del campo de batalla, dejando apenas unas partículas arcanas en el aire hasta desvanecerse cada una.

Aparecieron en el Intercambio Real, donde cientos se mantenían a salvo… por el momento. Mientras Lunargenta se mantuviera en pie; pero la protección mágica que gozaba la ciudad le quedaba pocos minutos y la plaga se amontonaba en las puertas de la ciudad desesperados por destruir todo cuanto estuviese a su paso.

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Quel’danas

El cuerpo del Rey Anasterian cayó desplomado al suelo bajo la Agonía de Escarcha empuñada por Arthas. Felo’melorn, la espada del Rey, fue quebrada. Durante unos segundos, a los pies de la Fuente del Sol, todos los elfos que protegían con sus vidas las estancias sagradas, quedaron paralizados y sus esperanzas iban muriendo junto a su monarca. De pronto, un grito plagado de angustia rasgó el aire, un grito de la banshee Sylvanas después de haber presenciado la muerte de su monarca a manos del príncipe caído que la convirtió en lo que es ahora. No la arrebató la consciencia, quiso que presenciara cómo masacraba a su pueblo sin que ella pudiera hacer nada.  Arthas, miró satisfecho por última vez el cadáver del Rey muerto y fijó su atención en la Fuente del Sol.

La consternación de los elfos nobles era visible. Toda esperanza se desvaneció. Algunos les atenazó el pánico. La fuente del Sol estaba perdida, pero al menos, tratarían de salvar los héroes que quedaban a su pueblo. No. No podían permitir que su pueblo se extinguiera, así que, mientras morían por luchar hasta su último aliento, los pocos Magister que quedaban iban trasladando a grupos de supervivientes, incluso algunos que querían quedarse en contra de su voluntad por amor, por cariño. Hijos. Hermanos. Tantos como los héroes les permitiera. Iban cayendo muy rápido.

Almandur miró a su mujer e hija. Especialmente a ella.  Dalía vio lo que en esos momentos su esposo estaba pensando, fue entonces cuando se cruzaron las miradas y leyó lo que pretendía hacer. Asintió. Debían poner a salvo a Idril, luchar hasta el último aliento por retener a los no-muertos tanto como les sea posible junto al resto. Ahora debían ganar tiempo y que escape todo el que pueda.

Buscaron al Magister Solarcano, quien trasladó a Dalía e Idril hacia el Intercambio Real, donde parecía que otros magos que dominaban la traslación reunían pequeños grupos para llevarlos a salvo.

—¡Almandur! —Solarcano consiguió avistarlos, dispuesto a trasladar a toda la familia Susurra Alba.—No hay tiempo.

—No, amigo mío. Nos quedamos. Los retendremos tanto como podamos. No son muchos para contenerlos. Por favor, salvad a los que podáis. —miró a Idril y se la entregó al Magister.- Llévate a nuestra hija, por favor.

Idril se compungió en lágrimas negando, abrazando a su padre con fuerza.

—No, Ann’da, no… por favor… quiero quedarme.

Almandur separó esos brazos que tan fuerte le apretaban, viendo a su hija. Posó las manos en sus mejillas y enjugó sus lágrimas.

—Ve con ellos. Debes vivir y … seguir con tus estudios. —su voz se quebraba de saber que sería la última vez que vería a su hija. Se quitó el medallón del cuello, el símbolo Susurra Alba y se lo entregó a su hija. —Haz que estemos orgullosos de ti, Idril. —dijo al colgárselo al cuello.

Miró a Solarcano, pues conocía a su hija y en ese estado, sabía que volvería a abrazarlo y no podría soportar la despedida por más tiempo. Antes de que su hija reaccionase, la mano del mago tocó el hombro de Idril y en el proceso de la traslación se oyó un grito desgarrador. “¡¡ANN’DA!!”.

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[Evento] Academia de las Artes Arcanas

El preludio de un nuevo hogar

DALARAN

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La elfa aguardaba al consejo escolar de la Academia de las Artes Arcanas. Esta era la segunda vez que solicitaba formar parte del profesorado. La primera vez se lo denegaron. Ni siquiera había tenido una reunión previa para poder conocer los motivos, pero podía imaginarse el porqué. Ser una Ren’dorei no era fácil, en especial para aquellas personas que guardaban culto a la Luz y tenían recelos —de sobra entendibles— con el vacío, pero lo que más le preocupaba, es la confianza en que puedan depositar en ella. Presea mantenía a raya los susurros y lo lograba aferrándose a lo que sí sabía, a lo que sí conocía. Tenía una seguridad en sí misma. Creía firmemente que su enseñanza a las nuevas mentes del mañana sería de gran utilidad. Ella fue profesora en la Academia Falthrien tiempo atrás y tenía pupilos a su cargo que, a día de hoy, eran magos a cargo del Gran Magister.

Añoraba volver a esos tiempos. No le importaba haber perdido su cargo como Magistrix. Pertenecía a la Asamblea de Lunargenta en aquella época, sí… aquella época dorada de los Quel’dorei, antes de que la plaga destruyera los cimientos de su pueblo.  Su labor era, no sólo la enseñanza, también hacer cumplir la ley mágica y proteger Quel’thalas junto a otros Magi para que, si en algún momento cayeran las defensas de su pueblo, esta ayudase a apoyar a levantar la barrera mágica.

El Consejo de los siete eran quienes se ocupaban de proteger la Fuente del Sol, tenían otras labores junto al Rey; Quel’thalas estaba muy bien distribuida y la paz reinaba en cada rincón del reino Quel’dorei.

Tiempo atrás, en cierta ocasión, de vez en cuando visitaba la ciudad de Dalaran junto a otros Magi para ver como los magos de la ciudad habían prosperado. De los errores que cometieron tiempo atrás, habían aprendido. Comprendieron que la magia no podía abusarse de ella y debían mantener un control, pero eso sólo lo lograron a través de los siglos. Los Guardianes de Tirisfal hicieron un excelente trabajo, tanto como concienciar a los antiguos gobernantes de la ciudad a ser cuidadosos.

La última vez que vio aquella ciudad, antes de la caída, fue para visitar a una vieja amistad ¿qué podría haber sido de ella? Llegó a pensar que, a estas alturas, sea la plaga o cualquier peligro que hayan vivido en Azeroth… no haya sobrevivido. La elfa dio un suspiro hondo, cerrando los ojos, el último recuerdo será el que conservaría a partir de ahora y que haya podido descansar en paz.

Un Quel’dorei había salido de la sala de juntas donde deliberaban qué hacer con la Ren’dorei. Presea enseguida se levantó de la silla, mostrando respeto con las manos cogidas en el regazo. Estaba nerviosa, pero trataba de mantener templanza. Este Quel’dorei era distinto, no pertenecía a la anterior junta con la que le denegaron su solicitud de ingreso la primera vez. Le era… muy familiar, demasiado familiar… sin embargo él no la reconocía.

—Señorita Arcosombrío, es un placer conocerla. Me llamo Anûr Susurra Alba, es un placer. —puso la mano en el pecho e hizo una leve reverencia con la cabeza— He tenido que salir a verla personalmente porque su expediente que indicaba en la solicitud me era tremendamente familiar. Quería asegurarme… que no fuese un error.

Presea apenas parpadeaba, se acercó un paso al elfo, mirándole el rostro, no cabía la menor duda, era él.

—¿Anûr? —quiso asegurarse. Los años para el elfo no habían cambiado, seguía siendo el Quel’dorei pelirrojo perteneciente al Kirin tor, aunque antes era un miembro, al parecer, habían reconocido sus labores en la ciudad y en la enseñanza, ahora pertenecía a la junta selectiva.

El elfo tuvo que mirar su rostro muy detenidamente. Había cambiado tanto aquella elfa de cabellos rubios tan hermosa como la veía a tener un aspecto siniestro y sombrío.

—Por la Fuente del Sol, Presea… no puede ser… que seas tú. —alzó una mano para tocar su mejilla, algo receloso, pero al tocarla no sintió nada peligroso. Acarició su pómulo. A pesar de su rostro cambiado, atisbó la dulzura que siempre había en su rostro cada vez que se veían por el gran cariño que habían tenido desde críos. — Oh, ven aquí… —susurró, abrazándola con fuerza. La elfa se emocionó. Todo lo que hubiera pensado del destino de Anûr no era cierto, estaba vivo, y bajo la protección de la ciudad. Con eso a ella le bastaba.

—Anûr. Gracias al Sol Eterno que estás vivo.

Al apartarse de ese emotivo abrazo la miró una vez más, tomando el rostro de la Ren’dorei.

—¿Qué has hecho? ¿por qué tomaste este sendero? —la preguntó sin entenderla, como si no reconociera su decisión.

—Sé que no entenderás por qué creí en Umbric. Anûr… quería asegurarme de poder doblegar ese poder. Puede que eso nos llevó a lo que soy ahora, pero sigo siendo la misma, te lo juro. —le suplicó con la mirada que la creyera. — Por favor, quiero este trabajo. Lo necesito… necesito volver a enseñar.

—¿Por qué, Presea? ¿por qué? —tal pregunta, encerraba más el deseo de la elfa que su decisión por lo que era ahora y que no podía remediarse.

—Porque quiero sentir Ventormenta nuestro nuevo hogar. —respondió agachando la mirada— sentir que… pertenezco ahora a la ciudad de los humanos. Veo a muchos humanos que han aprendido de forma irresponsable las artes arcanas, que han sido dañados por manipular poderes que no entienden. No puedo permitir eso. —volvió a mirarle convencida de sus palabras. — Tienen que saber, tienen que aprender. El consejo no puede apartar los ojos.

—Y no lo hacemos. Puede haber otros profesores quienes se ocupen de esa labor…

—¿Y por qué yo no podría, Anûr? —se contrarió a la respuesta de su amigo ¿todavía es amigo? O ha cambiado a raíz de saber que ella tiene esta nueva condición. — ¿Por qué?

El elfo alzó las manos pidiendo calma.

—No he dicho que no puedas ejercer de profesora. Has sido brillante en la Academia Falthrien, pero queremos asegurarnos de varias cosas antes de tomar una decisión equivocada. Comprende que no ha sido nada fácil para nosotros. Ahora sé quién eres y tengo más dudas con respecto a mi voto.

—¿Votaste que no? —preguntó con el ceño un poco fruncido, aunque hubiese deseado expresar ¿fácilmente? su contrariedad, tenía que controlarlo. Los susurros no paraban de decir cosas para alimentar su ego y destrozar al Quel’dorei que estaba de pie frente a ella, queriendo salir de ese momento tan delicado.

—Ya te dije que tengo dudas con respecto a mi voto, Presea. Por favor… entiéndeme. Para mí el alumnado es importante, en especial su protección.

—Anûr ¿de verdad piensas que voy a dañar a los alumnos? —preguntó con toda la templanza que le fue posible. No debía dejarse llevar por la cólera, ignoraba esos susurros una vez más. No. No permitirá que el vacío estropee lo que tanto desea. — Te prometo… que nada les ocurrirá. Lo que hice en el pasado, fue investigar el vacío por mi cuenta y riesgo. Jamás incité a los pupilos a mi cargo de que indagaran en el vacío. Conocía los riesgos, lo he visto.

Eso le sorprendió al elfo, pues esa parte la desconocía. Confiaba en que ella le estaba diciendo la verdad. Volvía a ver a aquella Presea que conoció tiempo atrás. Si hay algo que sabía de ella era lo extremadamente protectora y responsable que había ejercido siempre como instructora y como Magistrix.

Estuvieron al menos medio minuto mirándose a los ojos. El Quel’dorei meditaba en cada palabra, en lo que ella le transmitía en todo momento: seguridad. Finalmente dio un leve asentir acompañado de una afectuosa sonrisa.

—Una pregunta más… —levantó el dedo, con una terrible incertidumbre divertida en su rostro— ¿por qué “Arcosombrío”?

La elfa se encogió de hombros y sonrió tímidamente. Esa parte podía contársela a él y sólo a él.

—Mi esposo era un Errante. Era diestro con su arco, el mejor del reino. Un pequeño homenaje a él, supongo.

Anûr sonrió a su respuesta.

—Bien, señorita “Arcosombrío” —dijo solemnemente— Mi voto será sí y concuerda con la mayoría del consejo. La decisión estaba reñida, pero ya no. Debes jurarme por lo más sagrado que nunca enseñarás artes del Vacío a los estudiantes. —la miró en advertencia con el índice alzado.

—Te juro por nuestra amistad, por nuestro pueblo. Por todo cuanto amamos, que jamás enseñaré en la escuela las artes del vacío a estudiantes de magia arcana. Pero no puedo decirte que jamás enseñaré dichas artes fuera de la escuela. Habrá estudiantes de las sombras que querrán saber, pero no lo haré en el recinto escolar.

Por un momento la miró a los ojos y asintió conforme a sus palabras.

—De acuerdo. Es justo lo que queremos, Presea. Lo arreglaré todo para que pronto puedas abrir una de las alas de la torre de los magos de Ventormenta y la acomodes a tu gusto para empezar cuando estés lista. Sin embargo… sabes cómo funciona esto. Tenemos que supervisar todas tus clases, queremos asegurarnos de que haces lo que tienes que hacer.

La elfa asintió conforme.

—Lo supuse. No tengo nada que ocultar. Seréis bienvenidos en mi aula.

Anûr sonrió en ese “mí” que significaba tanto para ella. Estaba seguro, que construiría su universo en la propia escuela y que, —tal vez el tiempo o la razón— serán quienes descifren el destino que ha emprendido la futura profesora de las Artes Arcanas.

***

Anillo Kirin Tor

—… Y así, bajo el amparo del Consejo de los Seis, Presea Arcosombrío, serás miembro-iniciado del Kirin Tor, como muestra de ingreso en la Academia de las Artes Arcanas. —Anûr, después de anunciar frente la junta selectiva, colocó el anillo, —el sello del ojo— en el dedo índice de la Ren’dorei. Este ocultó una sonrisa que albergaba un pensamiento fugaz a cambio de una mirada de orgullo y esperanza.

Presea le sonrió conteniendo la emoción, a pesar de que sus ojos estaban húmedos, a punto de traicionarla. Debía decir unas palabras, un voto, un juramento ante la junta académica.

—Por mi honor, juro obedecer las normas de la escuela. Contribuiré a la enseñanza como otros profesores lo han demostrado. —Esas últimas palabras realmente no las sentía y el vacío alimentaba ese pensamiento que la distrajo por un instante: «Sí, todos los profesores que han resultado ser unos inútiles» «Demuestra a toda esa junta de viejos charlatanes que puedes ser mejor de lo que hasta ahora han tenido.» Alzó una ceja, serena, sin mostrar un ápice de desprecio por aquellos que, llamándose ‘maestros’, han hecho flaco favor a varios humanos que ha conocido.

***

Juego de manos

Una vez terminada la ceremonia protocolaria, Anûr quiso invitar a Presea en la taberna Juego de Manos —la más elegante y fina de la ciudad— para celebrar su ingreso con una buena taza de té y unas pastas exquisitas conjuradas. Una suave melodía de un arpa que rasgaba cada cuerda con un encantamiento, levitaba en un rincón estratégico donde la acústica sea la adecuada.

 Presea sonrió al Quel’dorei que cada vez estaba más convencido que era ella. Sus gestos, su carácter, su firmeza, todo cuanto él recordaba estaba bajo ese extraño aspecto donde el vacío dejó sus siniestros encantos en la elfa. La taberna gozaba de sus típicos parroquianos a esa hora tan puntual para tomar un refrigerio, o visitantes que estaban de paso por la ciudad flotante.

—De todos los ingresos que hemos hecho hasta la fecha, esta, particularmente, me honra haber tenido el privilegio de dirigirla. —dijo, mientras veía acercarse la camarera, una semielfa de cabellos celestes a la par que sus ojos, con una bandeja, dejando el pedido sobre la mesa.

Agradecieron ambos, mientras continuaban la charla y esta volvía a atender otros pedidos de otras mesas.

—Debo decir que el privilegio es mío. —contestó Presea. — Que hayas sido tú quien lo ha dirigido y quien ha hecho que la balanza esté a favor, es un alivio y un sueño hecho realidad.

Casi a dúo se sirvieron los terrones de azúcar en la taza y removieron con una cucharilla en el sentido del reloj. Una melodía monótona y familiar el repiqueo suave de la cucharilla en la porcelana de la taza, los dos típicos golpecitos en el borde de la taza para escurrirla y seguidamente, descansarla en el plato. Ambos recogieron el asa y antes de dar el primer sorbo, Anûr quiso detenerla.

—Deberíamos brindar.

—¡Anûr! —exclamó, riendo la elfa— con una taza de té suena muy raro.

—Pues es lo que tenemos a mano, —respondió, divertido— y no seas tan quisquillosa, también podemos hacerlo con una taza de té.

—En ese caso ¿qué sugieres brindar? Pareces estar muy inspirado.

—Y lo estoy. —sentenció, dándose un manotazo sobre su propia rodilla. — Estoy muy satisfecho y feliz, es una sensación que pocas veces he experimento y … volver a saber de ti, Oh… ya es una recompensa asegurada.

Presea sonrió dulcemente, con cierto rubor en las mejillas.

—Adulador.

—Es posible. —otorgó, acompañado de un guiño de ojo, en confianza. Seguidamente, levantó la taza y dijo solemnemente: —Por la amistad y por la Academia de las Artes Arcanas que, sin lugar a dudas, tienen a la mejor maestra que hayan podido tener en mucho tiempo.

—Espero estar a la altura. —respondió con una sonrisa, mientras chocaba suave la porcelana de su taza. Bajo esa capa de dulzura, el vacío volvía a hurgar en su ego: «Oh, claro que lo estarás. Eres la mejor de lo que han tenido jamás, puedes estar segura. ¿Cuál es el siguiente paso? ¿aspirar a ser la Directora de la Academia? Puedes serlo, Presea. Puedes aspirar a eso y más. A gobernar la Academia como más te plazca ¡hazlo! ¡libera tus verdaderos deseos, sabes que lo quieres!»

En ese instante, cerró los ojos y frunció mucho el ceño para acallar esas malditas voces de su cabeza. Debía aferrarse nuevamente a la verdad, a lo que ella quería realmente, su verdadera vocación: Enseñar. Independientemente de sus deseos más oscuros, sabía lo que eso ocuparía, debía recordar qué supondría ser ambiciosa. No lo deseaba realmente, no deseaba tanta responsabilidad. Había dado un juramento, no iba a enseñar a ningún alumno los senderos más oscuros de el vacío y no deseaba defraudar a Anûr, cosa que le estaba mirando con visible preocupación.

—¿Te encuentras bien?

—¡Sí, no te preocupes! —respondió enseguida, tocándose la sien— el té me hará mucho bien. De los nervios que pasé, tengo un poco de dolor de cabeza. —mintió. No quería que notase nada que pudiera hacerle dudar de su decisión. Los Ren’dorei deben luchar constantemente contra sus propios demonios, los susurros constantes que no paraban de atormentarles. Debía ir con cuidado.

—¿Necesitas descansar? —inquirió, al verla un poco extraña.

—Sí, lo necesito. Terminemos el té y regresaré cuanto antes a Ventormenta. —respondió, apurada.

—Está bien… —dijo Anûr, lamentándolo— … hubiera querido que te quedases más tiempo, pero supongo que ha habido demasiadas emociones juntas.

Presea terminó el té a varios tragos y cuidando de no quemarse. Pronto se puso de pie cuando apenas había finalizado el té, recogiendo su bastón. Anûr se puso al mismo momento que ella de pie. La elfa sonrió y preguntó:

—¿Volveremos a vernos?

—Tan pronto como pueda. —le aseguró, mirándola a los ojos con una leve sonrisa.

Tras unas miradas de resignada despedida, se abrazaron. Y sin soltarla todavía, Arûn murmuró:

—Te deseo toda la suerte del mundo, Presea.

—Gracias por todo, Arûn.

Cuando se separaron, este negó con la cabeza, con una mirada afectuosa y apesadumbrada. La idea de que se vean en unos meses después de este encuentro, toda esa distancia, en el tiempo, no le seducía.

—Te mereces esta oportunidad.

La elfa besó su mejilla y tras despedirse, dejó marchar a la Ren’dorei. Anûr la siguió con la mirada. Estaba intrigado por el futuro de Presea y qué le conduciría su vocación y preocupado por las futuras diferencias que seguramente tendrá por el protocolo de enseñanza mágica impartida por el Kirin Tor.

Recepción de Gala

El Miércoles 17 de Julio a las 22.30h habrá una recepción por la apertura de la Academia de las Escuelas Arcanas.

Es imprescindible ir de etiqueta

Las inscripciones se realizarán en dicho evento donde la profesora Arcosombrío dará instrucciones de cómo inscribirse para poder asistir como alumno a las próximas clases que se realizarán el Miércoles 24 de Julio a las 22.30h con el siguiente simposio que se dará como comienzo en la primera clase:

Todos los alumnos deben asistir con la túnica reglamentaria.

Presea_Kirin_24_Julio

OFF ROL: La túnica de mago nivel 1 de cualquier raza, pero debe ser la de mago. De asistir con vuestros personajes avanzados, podéis crearos un personaje nivel 1 y enviar la túnica a quienes deseéis desarrollar vuestro personaje.

Las clases se realizarán en LA TORRE AZORA situada en el Bosque de Elwynn.

Azora

Daremos el directo en El Rincón de Idril donde estaréis todos invitados a verlo desde ahí. Es interesante que lo hagáis, dado que posiblemente, se ponga música ambiental para ayudaros a sumergiros en la trama del evento.

El Rincón de Idril

Publicado en Relatos, [Personal] Historias de Rol de Warcraft

[Relato] Capítulo I: Un giro inesperado.

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HACE MÁS DE TRES AÑOS…

El pequeño Marcus jugaba con el conejito junto a la ventana, Raine le observaba sentada en una silla junto a la mesa del comedor donde tenía preparada un tintero, pluma y un libro con las hojas en blanco. Era imposible no poder sonreír conmovida por aquel momento tierno. Sabía que estaba seguro y afortunadamente, Marcus no era un niño revoltoso. Fue entonces, cuando Raine aprovechó para poder abrir la primera hoja y escribir, inspirada por tantos momentos felices.

“Jamás en toda mi vida creí que iba a cambiar tan drásticamente. Siempre pensé que mi vida estaría dedicada a dar consuelo a los afligidos, devolverles el espíritu gracias a la Luz. Cuidar de los mendigos de Ventormenta, ir a visitar a los pobres a sus casas en el casco antiguo. Y dar consuelo en tiempos de necesidad. Creí nacer para ello, y que mi vida era poco lo que importaba. Importaba mi prójimo y que la Luz se viera reflejada en mis actos. Ser sacerdotisa me reportó dicha sabiendo que la gente, gracias a la Luz … volvían a encauzar su camino.

Por la época de Amor en el Aire, siempre veía a las parejas profesarse amor, pero nunca imaginé tener algo así. Yo no estaba hecha para ese tipo de amor romántico. Si en algún momento hubiese alguien interesado en mi en ese tipo de relaciones, lo ignoraba, ni siquiera recuerdo algo así en toda mi vida, o tal vez… lo desconocía.

Recordaré siempre cómo conocí a Kharll… sin llegar a imaginar, que aquel hombre que entraba en la sagrada catedral de la Luz, con aquellos tatuajes, y esa pinta de ratero, buscaba consuelo. Recuerdo que preguntaba por la hermana Isvalda, al parecer, no era la primera vez que se confesaba con ella, pero en aquel instante, ella no se encontraba y me ofrecí a ayudarle. Sabía que no tenía la misma confianza que pudiera tener con Isvalda, pero esos ojos… cuando le miré… me dijeron tantas cosas. Tenía un pasado oscuro y arrastraba el peso de la conciencia y la culpa. Eran tan intensos, que no me importaba mirarlos el tiempo que necesitaba

Quise ser cercana a él. Era un buen hombre, lo presentía. Quería sanar su aflicción, posar la mano en su corazón, envolverle con mi Luz, que sintiera su calidez y en ella… albergara consuelo, refrigerio, tanto que, sin darme cuenta, su frente estaba unida con la mía, envuelta en sus brazos. No me sentí incómoda, a veces los feligreses tan sólo necesitaban… un abrazo, no le negué que lo hiciera, pues si en ello implicaba que sintiera sosiego, estaba dispuesta a dárselo.

Estuvo largo tiempo hablando conmigo, ni siquiera habíamos contado por cuánto, pero sé que, cuando se despidió, mi alma estaba contenta. Había ayudado a un hombre bueno. Presentía que Kharll encontraría el camino. Por un momento pensé en Isvalda, en que era un feligrés suyo y que debía respetar el secreto de confesión, incluso llegué a pensar… que no volveríamos a hablar en confesión. En cierta forma… me apenaba. En ese momento, hubiera querido seguir ayudándole yo, pero respetaba a la hermana y pensé que seguramente Kharll volvería a confesarse con ella.

Durante años, siempre preparaba comida para los mendigos. Los comerciantes de verduras me conocían y a veces, les decía que si tenían alguna hortaliza o legumbre que les sobrase tras la jornada, pudieran hacer un acto bondadoso.

En Ventormenta sigue habiendo bondad en mucho de los ciudadanos, no me lo negaron, por el contrario, se mostraron altruistas con lo que pretendía hacer con ellas.

Llené dos tinajas enormes de crema de verduras con pollo. Preparé a mi querido burrito. Desde que me lo regalaron cuando era pollino, le llamé Sr. Jenkins. Me parecía todo un señor, y cuando rebuznaba, parecía que dijera “Jen-kiins, Jen-kiiiins” parece una tontería ¿verdad? pero mi burrito llevó ese nombre con mucho orgullo. Tan tozudo como de costumbre, pero amoroso.

Preparé unos cuencos de madera que el buen carpintero me hizo para poder hacer mi obra cada mañana. Los mendigos, cuando terminaban, me devolvían el plato o se lo quedaban, esperándome al día siguiente para que pueda llenarles su plato.

Fue en una de esas mañanas, cuando me encontré a Kharll. Creí que iba a confesarse a Isvalda, pero para mi sorpresa, esperaba encontrarse conmigo. En el fondo, sentí alegría. Al ver a mi burrito, las tinajas y aquel olor de comida, le conté lo que hacía cada mañana. Le agradó y no sólo eso, si no que me acompañó.

Fue hermoso ver cómo él cogía el cucharón y les llenaba los cuencos a los pobres. Me conmovió. Charlábamos mientras buscábamos a los mendigos desperdigados por la ciudad, tanto como llegar a conocer a la familia O’neil. La mujer se llamaba Petunia, tenía a su pequeña hijita Sara y un hermoso niño de nueve meses, el pequeño Jackie. Su marido era obrero, y desde lo sucedido en Páramos del Poniente, no recibió ni una moneda, estaban desesperados, estaban a punto de desahuciarlos y no tenían ningún tipo de ayuda.

Kharll, ante esa situación, escucharlo y verlo tan de cerca, quiso ayudar. Le dio a Petunia todas las monedas que poseía en esos momentos, que al menos, trataría de apoyarlos y buscar el modo de alargar algo más la estancia en aquella casa hasta que su esposo encontrase un buen trabajo.

Fue sorprendente, conmovedora su bondad ¿sería posible haber un hombre tan bueno como él? jamás conocí a nadie como Kharll. No buscaba impresionarme, le nacía de dentro hacer esas obras, le movía su compasión por aquellos desamparados. Él sabía lo que era la pobreza, lo que era la desesperación, y en esos momentos que su vida era mucho mejor que tiempo atrás, acompañarme y ver esos casos tan de cerca, no podía si no contribuir en lo que buenamente podía.

Pasaban los días, y él casi cada mañana me acompañaba. Los hermanos no les gustaba que fuese con él. El hermano Eristoff era el que menos le gustaba, incluso llegó a decirme que Kharll era un hombre peligroso y que tuviera cuidado. Tuve que recordarles que la Luz no elegía a los hombres de brillante armadura, si no a los de espíritu noble, sin importar las apariencias.

Sé que el hermano Eristoff no le gustó que le recordase eso, e incluso se apiadó por mi inocencia. Sabía que no era inocencia lo que sentía, yo estaba conociendo el alma de Kharll ¿por qué no podían entenderlo? y esa alma era buena, dijeran lo que dijeran.

Una de aquellas mañanas, Kharll me invitó a comer. Quiso que fuéramos a la posada del Ermitaño Azul, en la Barriada de los Magos. Había escuchado que era la taberna más cara de la ciudad, pero, aun así, a pesar de mis reticencias, insistió. Terminé aceptando, aunque me sentía muy nerviosa. Ignoraba en esos momentos los motivos, aunque posiblemente era… por la forma en cómo me miraba Kharll.

Charlamos. La charla me relajó un poco. Se me había cerrado el estómago de los nervios, pero comí lo que pude, no quería que Kharll se gastara inútilmente dinero para no probar bocado.

Antes de que el camarero pudiese retirar esos platos, Kharll estaba más cerca, su rostro se iba acercando más y más. En aquel momento temblaba, me entró el pánico. Hui. Por un instante… recordé lo que me dijo el hermano Eristoff y tuve una extraña sensación en mí que me apresuraba hacia los canales de la ciudad, pero Kharll me detuvo sin comprender por qué huía de él.

Necesitaba saberlo, necesitaba escuchar si lo que habían insinuado en la catedral de él era cierto. Las visitas que frecuentaba antes de conocerme, con la hermana Isvalda ¿acaso era yo la siguiente? quería saber si también trató de besar a Isvalda.

No sabía por qué la recordé en esos momentos. A qué era debido que sacase eso en esos momentos que Kharll quería besarme. Para mi sorpresa, creyendo que tal vez sólo era un juego perverso del hermano Eristoff para confundirme… estaba en lo cierto. Kharll había besado a la hermana Isvalda. Me lo confesó… y sentí… como si cayera al vacío desde un precipicio

Nunca había sentido nada parecido ¿acaso era porque sintiera que me hubiera mentido o engañado? No… no lo hizo, era la cruda realidad. La besó, sí… pero no hubo ninguna intención. Aun así, me hería. La imagen de verle besarse con ella me entristecía, tanto que me atenazaba y sentía unas tremendas ganas de llorar.

Kharll trató de serenarme y que confiara en él. Me confesó lo que sentía cuando estaba junto a mí, que era algo que no sintiese por ella. Además, la hermana Isvalda no le correspondió, ella se debía a la Luz.

Aun así, era difícil confiar, en conocer la verdadera situación o las verdaderas intenciones que tenía Kharll sobre mí

Me abrazó, y aunque hallé cierto consuelo, mi corazón se anidaban las dudas ¿acaso la Luz se equivocaba? ¿tal vez me equivocaba yo?

Al día siguiente, la Suma Sacerdotisa enviaba a algunos de nuestros hermanos a El Exodar. La llegada de la Legión era inminente y los Draenei se ofrecieron para que conozcamos las debilidades de distintas clases de demonios. Me ofrecí, necesitaba alejarme de Kharll, en esos momentos sentí que era lo mejor, aunque no descuidé nuestros encuentros antes de partir. Debía decirle que tenía que marcharme y que no sabía cuándo sería mi regreso

La mañana en que los hermanos y yo nos preparábamos para salir hacia el primer barco a El Exodar, Kharll me esperaba a los pies de la Catedral. Quería despedirse de mí y me prometió que me escribiría. Sentía una vorágine de sentimientos, por una parte, sentía que lo extrañaría, y, por otro lado, quería creer que era lo mejor. Pese a todo… Kharll volvió a aproximarse más a mí, a invadir mi espacio lenta y paulatinamente. Me acarició el rostro, sabía que iba a besarme. Mi estómago se cerró, temblaba entre sus brazos. Quería huir y ese terrible sentimiento casi me llevaba al borde de las lágrimas. No quería sentirme así junto a Kharll. No era justo para ambos. La distancia me ayudaría a colocar las piezas de mis emociones. Cuando Kharll sintió que iba a apartarme, me suplicó, susurrando, pronunciando mi nombre. Me quedé quieta, temblando como una hoja, hasta sentir por primera vez los labios de Kharll. Mi primer beso. Era… suave, dulce… cálido, extraño. Trató de calmarme, no alargó el beso. Posó la frente en la mía y después, me besó en la frente con profundo cariño.

Fue muy delicado y respetuoso. Volvió a encerrar la promesa que me escribiría y que me echaría de menos. Yo también sabía que le echaría de menos. Me aparté de sus brazos y recogí al Sr. Jenkins de las riendas para ir hacia aquel barco que nos esperaba, con la sensación de los labios de Kharll en los míos y aquel recuerdo de ese beso… que no se apartó de mi cabeza en todo el trayecto. Hasta los hermanos veían que estaba en otra parte menos en la misión. Procuré concentrarme, de hecho, me fue bien la instrucción y hacer algunas actividades.

Jamás había ido a aquella nave de los Draenei, era… era… hermosa sería una palabra que no haría justicia a lo que pudiera describir. La Luz reinaba en aquel lugar tan inmenso y lleno de paz. Sí… paz, eso era lo que necesitaba.”