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[Relato] Capítulo I: Un giro inesperado.

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HACE MÁS DE TRES AÑOS…

El pequeño Marcus jugaba con el conejito junto a la ventana, Raine le observaba sentada en una silla junto a la mesa del comedor donde tenía preparada un tintero, pluma y un libro con las hojas en blanco. Era imposible no poder sonreír conmovida por aquel momento tierno. Sabía que estaba seguro y afortunadamente, Marcus no era un niño revoltoso. Fue entonces, cuando Raine aprovechó para poder abrir la primera hoja y escribir, inspirada por tantos momentos felices.

“Jamás en toda mi vida creí que iba a cambiar tan drásticamente. Siempre pensé que mi vida estaría dedicada a dar consuelo a los afligidos, devolverles el espíritu gracias a la Luz. Cuidar de los mendigos de Ventormenta, ir a visitar a los pobres a sus casas en el casco antiguo. Y dar consuelo en tiempos de necesidad. Creí nacer para ello, y que mi vida era poco lo que importaba. Importaba mi prójimo y que la Luz se viera reflejada en mis actos. Ser sacerdotisa me reportó dicha sabiendo que la gente, gracias a la Luz … volvían a encauzar su camino.

Por la época de Amor en el Aire, siempre veía a las parejas profesarse amor, pero nunca imaginé tener algo así. Yo no estaba hecha para ese tipo de amor romántico. Si en algún momento hubiese alguien interesado en mi en ese tipo de relaciones, lo ignoraba, ni siquiera recuerdo algo así en toda mi vida, o tal vez… lo desconocía.

Recordaré siempre cómo conocí a Kharll… sin llegar a imaginar, que aquel hombre que entraba en la sagrada catedral de la Luz, con aquellos tatuajes, y esa pinta de ratero, buscaba consuelo. Recuerdo que preguntaba por la hermana Isvalda, al parecer, no era la primera vez que se confesaba con ella, pero en aquel instante, ella no se encontraba y me ofrecí a ayudarle. Sabía que no tenía la misma confianza que pudiera tener con Isvalda, pero esos ojos… cuando le miré… me dijeron tantas cosas. Tenía un pasado oscuro y arrastraba el peso de la conciencia y la culpa. Eran tan intensos, que no me importaba mirarlos el tiempo que necesitaba

Quise ser cercana a él. Era un buen hombre, lo presentía. Quería sanar su aflicción, posar la mano en su corazón, envolverle con mi Luz, que sintiera su calidez y en ella… albergara consuelo, refrigerio, tanto que, sin darme cuenta, su frente estaba unida con la mía, envuelta en sus brazos. No me sentí incómoda, a veces los feligreses tan sólo necesitaban… un abrazo, no le negué que lo hiciera, pues si en ello implicaba que sintiera sosiego, estaba dispuesta a dárselo.

Estuvo largo tiempo hablando conmigo, ni siquiera habíamos contado por cuánto, pero sé que, cuando se despidió, mi alma estaba contenta. Había ayudado a un hombre bueno. Presentía que Kharll encontraría el camino. Por un momento pensé en Isvalda, en que era un feligrés suyo y que debía respetar el secreto de confesión, incluso llegué a pensar… que no volveríamos a hablar en confesión. En cierta forma… me apenaba. En ese momento, hubiera querido seguir ayudándole yo, pero respetaba a la hermana y pensé que seguramente Kharll volvería a confesarse con ella.

Durante años, siempre preparaba comida para los mendigos. Los comerciantes de verduras me conocían y a veces, les decía que si tenían alguna hortaliza o legumbre que les sobrase tras la jornada, pudieran hacer un acto bondadoso.

En Ventormenta sigue habiendo bondad en mucho de los ciudadanos, no me lo negaron, por el contrario, se mostraron altruistas con lo que pretendía hacer con ellas.

Llené dos tinajas enormes de crema de verduras con pollo. Preparé a mi querido burrito. Desde que me lo regalaron cuando era pollino, le llamé Sr. Jenkins. Me parecía todo un señor, y cuando rebuznaba, parecía que dijera “Jen-kiins, Jen-kiiiins” parece una tontería ¿verdad? pero mi burrito llevó ese nombre con mucho orgullo. Tan tozudo como de costumbre, pero amoroso.

Preparé unos cuencos de madera que el buen carpintero me hizo para poder hacer mi obra cada mañana. Los mendigos, cuando terminaban, me devolvían el plato o se lo quedaban, esperándome al día siguiente para que pueda llenarles su plato.

Fue en una de esas mañanas, cuando me encontré a Kharll. Creí que iba a confesarse a Isvalda, pero para mi sorpresa, esperaba encontrarse conmigo. En el fondo, sentí alegría. Al ver a mi burrito, las tinajas y aquel olor de comida, le conté lo que hacía cada mañana. Le agradó y no sólo eso, si no que me acompañó.

Fue hermoso ver cómo él cogía el cucharón y les llenaba los cuencos a los pobres. Me conmovió. Charlábamos mientras buscábamos a los mendigos desperdigados por la ciudad, tanto como llegar a conocer a la familia O’neil. La mujer se llamaba Petunia, tenía a su pequeña hijita Sara y un hermoso niño de nueve meses, el pequeño Jackie. Su marido era obrero, y desde lo sucedido en Páramos del Poniente, no recibió ni una moneda, estaban desesperados, estaban a punto de desahuciarlos y no tenían ningún tipo de ayuda.

Kharll, ante esa situación, escucharlo y verlo tan de cerca, quiso ayudar. Le dio a Petunia todas las monedas que poseía en esos momentos, que al menos, trataría de apoyarlos y buscar el modo de alargar algo más la estancia en aquella casa hasta que su esposo encontrase un buen trabajo.

Fue sorprendente, conmovedora su bondad ¿sería posible haber un hombre tan bueno como él? jamás conocí a nadie como Kharll. No buscaba impresionarme, le nacía de dentro hacer esas obras, le movía su compasión por aquellos desamparados. Él sabía lo que era la pobreza, lo que era la desesperación, y en esos momentos que su vida era mucho mejor que tiempo atrás, acompañarme y ver esos casos tan de cerca, no podía si no contribuir en lo que buenamente podía.

Pasaban los días, y él casi cada mañana me acompañaba. Los hermanos no les gustaba que fuese con él. El hermano Eristoff era el que menos le gustaba, incluso llegó a decirme que Kharll era un hombre peligroso y que tuviera cuidado. Tuve que recordarles que la Luz no elegía a los hombres de brillante armadura, si no a los de espíritu noble, sin importar las apariencias.

Sé que el hermano Eristoff no le gustó que le recordase eso, e incluso se apiadó por mi inocencia. Sabía que no era inocencia lo que sentía, yo estaba conociendo el alma de Kharll ¿por qué no podían entenderlo? y esa alma era buena, dijeran lo que dijeran.

Una de aquellas mañanas, Kharll me invitó a comer. Quiso que fuéramos a la posada del Ermitaño Azul, en la Barriada de los Magos. Había escuchado que era la taberna más cara de la ciudad, pero, aun así, a pesar de mis reticencias, insistió. Terminé aceptando, aunque me sentía muy nerviosa. Ignoraba en esos momentos los motivos, aunque posiblemente era… por la forma en cómo me miraba Kharll.

Charlamos. La charla me relajó un poco. Se me había cerrado el estómago de los nervios, pero comí lo que pude, no quería que Kharll se gastara inútilmente dinero para no probar bocado.

Antes de que el camarero pudiese retirar esos platos, Kharll estaba más cerca, su rostro se iba acercando más y más. En aquel momento temblaba, me entró el pánico. Hui. Por un instante… recordé lo que me dijo el hermano Eristoff y tuve una extraña sensación en mí que me apresuraba hacia los canales de la ciudad, pero Kharll me detuvo sin comprender por qué huía de él.

Necesitaba saberlo, necesitaba escuchar si lo que habían insinuado en la catedral de él era cierto. Las visitas que frecuentaba antes de conocerme, con la hermana Isvalda ¿acaso era yo la siguiente? quería saber si también trató de besar a Isvalda.

No sabía por qué la recordé en esos momentos. A qué era debido que sacase eso en esos momentos que Kharll quería besarme. Para mi sorpresa, creyendo que tal vez sólo era un juego perverso del hermano Eristoff para confundirme… estaba en lo cierto. Kharll había besado a la hermana Isvalda. Me lo confesó… y sentí… como si cayera al vacío desde un precipicio

Nunca había sentido nada parecido ¿acaso era porque sintiera que me hubiera mentido o engañado? No… no lo hizo, era la cruda realidad. La besó, sí… pero no hubo ninguna intención. Aun así, me hería. La imagen de verle besarse con ella me entristecía, tanto que me atenazaba y sentía unas tremendas ganas de llorar.

Kharll trató de serenarme y que confiara en él. Me confesó lo que sentía cuando estaba junto a mí, que era algo que no sintiese por ella. Además, la hermana Isvalda no le correspondió, ella se debía a la Luz.

Aun así, era difícil confiar, en conocer la verdadera situación o las verdaderas intenciones que tenía Kharll sobre mí

Me abrazó, y aunque hallé cierto consuelo, mi corazón se anidaban las dudas ¿acaso la Luz se equivocaba? ¿tal vez me equivocaba yo?

Al día siguiente, la Suma Sacerdotisa enviaba a algunos de nuestros hermanos a El Exodar. La llegada de la Legión era inminente y los Draenei se ofrecieron para que conozcamos las debilidades de distintas clases de demonios. Me ofrecí, necesitaba alejarme de Kharll, en esos momentos sentí que era lo mejor, aunque no descuidé nuestros encuentros antes de partir. Debía decirle que tenía que marcharme y que no sabía cuándo sería mi regreso

La mañana en que los hermanos y yo nos preparábamos para salir hacia el primer barco a El Exodar, Kharll me esperaba a los pies de la Catedral. Quería despedirse de mí y me prometió que me escribiría. Sentía una vorágine de sentimientos, por una parte, sentía que lo extrañaría, y, por otro lado, quería creer que era lo mejor. Pese a todo… Kharll volvió a aproximarse más a mí, a invadir mi espacio lenta y paulatinamente. Me acarició el rostro, sabía que iba a besarme. Mi estómago se cerró, temblaba entre sus brazos. Quería huir y ese terrible sentimiento casi me llevaba al borde de las lágrimas. No quería sentirme así junto a Kharll. No era justo para ambos. La distancia me ayudaría a colocar las piezas de mis emociones. Cuando Kharll sintió que iba a apartarme, me suplicó, susurrando, pronunciando mi nombre. Me quedé quieta, temblando como una hoja, hasta sentir por primera vez los labios de Kharll. Mi primer beso. Era… suave, dulce… cálido, extraño. Trató de calmarme, no alargó el beso. Posó la frente en la mía y después, me besó en la frente con profundo cariño.

Fue muy delicado y respetuoso. Volvió a encerrar la promesa que me escribiría y que me echaría de menos. Yo también sabía que le echaría de menos. Me aparté de sus brazos y recogí al Sr. Jenkins de las riendas para ir hacia aquel barco que nos esperaba, con la sensación de los labios de Kharll en los míos y aquel recuerdo de ese beso… que no se apartó de mi cabeza en todo el trayecto. Hasta los hermanos veían que estaba en otra parte menos en la misión. Procuré concentrarme, de hecho, me fue bien la instrucción y hacer algunas actividades.

Jamás había ido a aquella nave de los Draenei, era… era… hermosa sería una palabra que no haría justicia a lo que pudiera describir. La Luz reinaba en aquel lugar tan inmenso y lleno de paz. Sí… paz, eso era lo que necesitaba.”

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Esbozos del pasado (II)

Hace 29 años…

-¡Arriad las velas, marineros! -bramó Lexioren alzando una espada de madera, con un parche en el ojo y un pañuelo rojo atado sobre la cabeza. Jugaba con Presea en El Fondeadero Vela del Sol, sobre uno de los barcos atracados en el puerto.

Ya habían pasado más de dos años desde que se conocieron. Él tenía seis años, y ahora… ahora tenía ocho, y apenas Presea se daba cuenta de cuánto crecía. No se veían tan a menudo como a ella le hubiera gustado, pero cada vez que tenían ocasión, aprovechaban para jugar y dejar volar la imaginación.

Lexioren, se sentía feliz y querido junto a ella. Todos sus nubarrones de pesares, y las personas de alrededor que le rechazaban u odiaban, parecía como si estuvieran fuera de una enorme zanja donde Presea fuera el único lugar de cariño donde le gustaba residir.

-¡A la orden, Capitán! -respondió la elfa, haciendo un gesto exagerado de cuadrarse ante el pequeño.

La arcanista, con dificultad, se subía por los cabos, alzando su vestido. Fingió desatar las velas, y desde lo alto, veía como Lexioren con las manos puestas en la cintura en una pose firme y seguro, daba un asentir de aprobación. El pelo rubio del muchacho se mecía con la brisa. Se chupó el dedo y midió el aire.

-¡Hoy tendremos el viento a nuestro favor, marinero! -anunció.

Presea oteó el horizonte, poniendo la mano en visera. Abrió los ojos estupefactos como platos y exclamó apuntando en algún lugar del horizonte:

-¡Capitán! ¡Un monstruo marino con enormes tentáculos a estribor!

-¡Rápido! ¡Preparad los cañones! ¡Apuntad con el arpón de carga! -ordenó mientras corría por la cubierta a estribor para ‘ver’ a esa criatura, mientras la elfa bajaba rauda por los cabos.

Fingían traer los cañones, haciendo onomatopeyas con la boca disparando hacia ese enorme monstruo que sus imaginaciones recreaban.

-¡BUMMM! -gritó Lex- ¡SPLASH! -fingió el sonido de fallar el tiro al agua.- ¡Maldición! ¡Otra vez!

-¡Capitán, subiré a 15 grados el cañón!

-¡Rápido, rápido! ¡está viniendo hasta nosotros!

El trepidante Lexioren, volvió a hacer las onomatopeyas del cañón, donde finalmente, el enorme calamar fue abatido y hundido en las profundidades, haciendo los sonidos ambos con las manos ahuecadas en su boca la agonía del monstruo.

-¡Lo hemos conseguido! ¡Hemos dado a ese calamar su merecido! -dio un salto, vitoreando tal logro.

Presea aplaudía viendo a su hermanito dando brincos en cubierta, y se reía contagiada de su júbilo. Corrió hacia a ella para tirarse a sus brazos, mientras la elfa le aupaba y le colmaba de besos en su tierna mejilla, dichosa.

-He traído emparedados y un trozo de pastel de chocolate. -anunció la elfa con complicidad, guiñándole un ojo.

-¡Pastel de chocolateee! ¡Bieeeen! -celebró Lex, alzando los brazos y después achuchando a su hermanita.

Bajó el pequeño de sus brazos, mientras veía como corría por la pasarela hacia donde habían dejado la cesta. Fue al encuentro de su ‘hermana’ y la cogió de la mano para ir hacia la playa de la Ensenada Dorada. La eterna primavera de Quel’thalas hacía que el clima sea siempre agradable. El mar estaba tranquila y el oleaje, junto a la brisa marina, prometían sosiego. Lexioren enterraba el brazo en la cesta para rebuscar esos emparedados, sacando el suyo y el de Presea, que se lo tendió enseguida, sonriéndose ambos.

La elfa se quedó mirando melancólica al pequeño, que engullía el emparedado, famélico, después de estar jugando toda la tarde. Tenía algo importante que decirle, y no sabía bien si lo llegaría a entender. Se mordió el labio inferior, bajando los parpados, meditándolo.

-Lex.

-¿Sí, hermanita?

-Quería hablar contigo de una cosa.

El niño le prestó toda la atención mientras daba otro bocado y se limpiaba con la manga los berretes. Presea rió y extrajo del cesto unas servilletas.

-Ten, límpiate con esto. -le dijo, después de dar un suspiro, volviendo a preocuparle un poco.- Lex, verás… hay… hay algo que quería decirte, respecto a una cosa que me ha pasado no hace mucho. Se … trata de ciertas costumbres que tienen mi familia.

-¿Que costumbres? -preguntó, ladeando un poco la cabeza. Los bocados del bocadillo, empezaba a hacerlo más pequeños, mirando a su ‘hermana’ expectante.

-Pues… verás, se… trata de que, pronto … me voy a casar.

Lexioren hizo una mueca de desagrado, muy exagerada, hasta sacar la lengua. Presea se rió.

-¿Vas a casarte? -arrugó la nariz.

-Sí, es… -dio un suspiro hondo y frunció levemente el cejo- … complicado.

-Y, ¿por qué te casas? -preguntó de nuevo, con toda la incertidumbre de la inocencia de un niño.

-Es una buena pregunta. -se rió amargamente, tras una sonrisa contristada.- Debo hacerlo para seguir con la tradición familiar. -cogió un palo y dibujó en la arena un árbol representativo.- toda familia tiene una raíz, y todo árbol, tiene ramas. Yo soy una de esas ramas, y debo seguirla para que el árbol siga creciendo y nunca muera. Toda la familia está en ese árbol.

-¿Yo también estoy en ese árbol? -dijo fijándose en los detalles, comprendiendo.

Presea miró al pequeño, no supo que decir en ese instante. Fue entonces, cuando esos ojitos azules la miraron.

-Pues… -divagó, mordiéndose después el labio inferior. De pronto, se le ocurrió algo.- Nosotros tenemos nuestro propio árbol, por que somos especiales.

-¡Oh! -exclamó el pequeño, iluminándose su rostro en una amplia sonrisa. Pero después, frunció el cejo, confundido.- ¿Y también me tengo que casar?

La elfa se rió a carcajadas conmovida por su inocencia y atrajo a Lexioren para sentarlo en su regazo y abrazarlo, dándole un beso en su sien, muy tierno.

-No, cariño. Tú eres muy pequeño para eso. -respondió, acariciando su preciosa melena dorada.- Lo que… intento decirte, es que no sé si … podremos vernos tanto como ahora.

Eso inquietó al muchacho y la miró a los ojos.

-¿Por qué?

-Por que… mi vida cambiará. Y … es posible… que esté muy ocupada con esos nuevos cambios del que no estoy acostumbrada.

Lexioren la miró desconcertado, no lograba entender bien qué quería decirle, pero un temor brotaba en su corazón y toda esa felicidad que hace un momento irradiaba, empezó a apagarse.

-¿Qué quieres decir…?

La elfa se condolió al ver esa tristeza en los ojos del pequeño.

-No nos vamos a separar, Lex. Nunca. -contestó al miedo que veía en sus ojos, intensificando la mirada.- Yo siempre estaré. Sólo que puede que las cosas… cambien un poco hasta que logre adaptarlas. Mi… futuro esposo no sabe de tu existencia. Ni siquiera sé qué va a pasar.

El niño se levantó del regazo de Presea, tenso.

-Él no querrá que me veas, es eso lo que intentas decirme, ¿verdad? Si nos va a separar ¿por qué te casas con él?

-Lex, cariño… no te conoce, no sé qué pasará.

-Yo sí lo sé… -se compungió en lágrimas.

Presea al verle llorar, se le partió el corazón, le cogió de la mano y le atrajo de nuevo a su regazo, abrazándole muy fuerte. Mientras sollozaba en su pecho, le acariciaba su espalda.

-Escúchame. Pase lo que pase, jamás me van a separar de ti. Te quiero muchísimo, Lex. Él no te conoce, pero estoy segura que si…te conociera… -esas palabras encerraban incertidumbre, pero tenía que parecer segura. Pues no conocía a su futuro esposo­- … si te conociera… te querría tanto como yo te quiero a ti. -cerró los ojos, acunando al pequeño, apoyando la mejilla en su cabeza.-­ Nadie nos separará… nadie. -susurró, calmando poco a poco a Lex.

Los colores del horizonte, se tornaban en un rojo anaranjado, y el sol lentamente descendía. Lexioren estaba más calmado, y estuvieron juntos hasta el ocaso. Pues Presea había prometido a su madre que ella le llevaría de vuelta a casa.

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Esbozos del pasado (I)

Hace 32 años

Era una tarde soleada y tranquila en el Bosque de Canción Eterna. El arrullo de la charca de plácido susurro, invitaba a la arcanista relajarse en la mullida hierba y a reposar bajo la sombra de la copa de un árbol frondoso, de hojas doradas y de tronco grueso, cuyas raíces casi llegaban a tocar la orilla. Se había preparado un par de emparedados mágicos que llevaba en una pequeña cesta, con una botella de agua de manantial. No deseaba estudiar en la ciudad, que aunque había lugares donde encontrar el silencio, como en una biblioteca, quería poder respirar el aire del bosque y escuchar de fondo el suave canto de los pájaros. El libro trataba de la interpretación de los sueños, le resultaba interesante conocer la adivinación y las premoniciones; por eso, la soledad era la mejor compañía.

Mientras estaba sumida a la lectura, escuchó a alguien menudo correr. Levantó unos segundos la vista del libro y miró la charca, ese sonido procedía del otro lado del árbol. Pensando que podría ser algún tierno, negó con la cabeza y volvió a su lectura. Pero de pronto, escuchó unos sollozos, aquello la inquietó, cerró el libro y se levantó. Se asomó con prudencia y vio a un niño llorando, abrazado a las rodillas y hundiendo el rostro entre ellas. La elfa, se le encogió el corazón y se acercó a él.

-¿Qué te ha pasado, pequeño?

El crío se sobresaltó, levantó los ojos hacia la elfa, arrasados en lágrimas. Eran unos ojos azules asustados. La arcanista se dio cuenta de que no era un elfo, si no un mestizo. No se sorprendió, no era la primera vez que veía un mestizo, pues sus estudios de magia los había proseguido durante un tiempo en Dalaran. Se puso de rodillas para estar frente a él.

-No tengas miedo, no voy a hacerte daño. -dijo la arcanista, en tono calmado.

No pareció que tuviera intención de hablar, pero al menos sabía de que la idea de huir había cesado. Ella se mordió un poco el labio al ver que no respondía.

-¿Cómo te llamas? -preguntó animosa para encomiarle. Seguía en silencio, pero la miraba con esos ojos inocentes y retraídos. La elfa dio un leve suspiro y se presentó ella:- Yo me llamo Presea. -de pronto se le ocurrió que tal vez no entendía el niño thalassiano- ¿Puedes entenderme?

El niño asintió lentamente, sin dejar de mirarla y sin pestañear.

-¡Vaya! Ya había pensado que tenía que hablar en común. -se rió melódica.- ¿No vas a decirme cómo te llamas? -su mirada se tornó dulce.

-Lexioren… -respondió murmurando, tímido.

-¡Lexioren! -sonrió ampliamente, dichosa, cuando por fin la habló- es un nombre muy bonito.

-El tuyo también… -murmuró cohibido, con una mirada huidiza y aún desconfiado. De pronto, se entristeció.

Eh.. -se conmovió preocupada, queriendo poner la mano en su mejilla, pero este la retiró e hizo una mueca, cerrando fuerte los ojos, creyendo que le iba a agredir.- No voy a pegarte. Jamás te haría daño…

-¿No me odias por ser lo que soy…? -murmuró con la mirada baja, hacia un lado, tras haberse apartado de la mano de la elfa.- todos lo hacen…

Su corazón volvió a encogerse. Negó lentamente con la cabeza.

-No tengo motivos para odiarte. ¿Qué eres para que te odie? ¿Un…. -se hizo la pensativa, queriendo arrancarle una sonrisa- … múrloc?

Lexioren negó con la cabeza, no quería sonreír, pero se le estaba escapando.

-¡Ah! Pues, si no eres un múrloc, entonces eres un gnoll. -siguió bromeando. Pero el niño puso cara confusa.

-¿Qué es un gnoll? -preguntó, frunciendo el cejo.

-¡Uy! Son seres muy, muy feos. Con una cara así. -puso las manos en las mejillas y las tiró hacia abajo, sacando la mandíbula hacia afuera y casi poniendo los ojos en blanco. Lexioren al verla así, rió por la nariz, con toda la inocencia de un niño. Presea rió con él, mirándole con ternura.- Qué bonita risa tienes.

La miró tímido, pero más confiado.

-¿Sabes lo que eres? -volvió a hacerse la interesante, haciendo un gesto meditabundo, mesándose la barbilla.

El niño se entristeció.

-¿Un mestizo…?

La elfa se apenó. Negó con la cabeza a su vez.

-No. No eres eso.

-Si lo soy -se puso de pie- mírame.

-Yo veo a un niño.

-¿Un niño mestizo?

-Un niño. -concluyó, estando ella aún de rodillas, aunque se irguió un poco.

-Pero soy diferente, ¡mírame!

Presea dio un profundo suspiro por su insistencia, apenada. Intuía que habría sufrido marginación y rechazo. Se le ocurrió algo, así que hizo una mueca poco convencida, torciendo el labio.

-Veamos qué tienes de diferente. ¿Qué tienes aquí? -señaló un lugar en concreto de su cara. Lexioren se tocó la nariz.

-Una nariz.

-Yo también tengo una, ¿ves? -se señaló esta.- ¿y qué tienes aquí? -acercó las manos para tocarle las orejas. Dio un ligero sobresalto, pero cuando notó que no la hacía daño, se dejó.

-Mis orejas son distintas a las tuyas. -alegó contristado.

-¿En serio? -dijo Presea, fingiendo asombro- ¿Por qué me oyes entonces? Si son distintas, entonces no podrías oírme.

Por un momento, el niño quedó sin saber que decir, como si eso tuviera sentido.

-No somos tan distintos… -le dijo un poco más seria, dejando de jugar. Quiso coger la mano de Lexioren, se dejó y unió ambas manos, palma con palma, aunque la de él era más menuda que los lánguidos dedos de la elfa.

El niño miraba las manos unidas, entristecido y sin comprenderlo bien.

-Entonces, si no somos tan distintos, ¿por qué los demás me odian?

Presea se condolió por la forma en cómo se convencía el pequeño de que era un objeto de rechazo y que debía ser odiado, pues sabía que muchos elfos eran muy estrictos por las mezclas de sangre, cerrados de mente. Y que ese mismo pensamiento, se lo habrían transmitido a sus hijos. Bien sabía cuán crueles podrían ser los niños al respecto, y si sus padres los amparaban, aún peor.

-Por que están ciegos, Lex. -respondió.- Y cuando no ven, temen y odian lo que no entienden.

-¿Ciegos? -frunció el cejo- Ellos me ven, no están ciegos.

-No con esos ojos. -sonrió levemente- Si no con estos. -puso la mano en el pequeño pecho.

Lexioren bajó la mirada al comprender y Presea le atrajo hacia a sí para abrazarlo con ternura. Al principio, el niño no respondió el abrazo, se sentía abrumado, un enorme vuelco le dio, perplejo de que una Elfa Noble, le aceptase de esa forma. En sus brazos, se sentía cómodo, protegido, tanto que le quebraba. Lloró en el hombro de la elfa, mientras ella, la arrullaba en sus brazos, consolándolo.

Desde aquel momento, una estrecha relación se forjó entre ambos, convirtiéndose así en la hermana mayor del pequeño Lex que nunca tuvo.

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Preludio de la Academia Falthrien

Hace 8 años

El sol de justicia se alzaba a mediodía en las ruinas de Orsis, estaban cerca de un hallazgo arqueológico donde se escondían misterios que aguardaba dentro de una cámara. El templo se hallaba semi enterrado, erosionado por las tormentas de arena y el pasar del tiempo, castigado por los movimientos sísmicos que sepultaron la ciudad. Los obreros, contratados por un humano arqueólogo, cavaban incesantemente. Era un entusiasta de las antigüedades y las riquezas culturales de aquellas tierras Tol’vir, estaba apunto de llegar hasta la sellada puerta de la Luna, donde conseguirían más tesoros del lugar y cantidad de manuscritos para comprender mejor el origen de todo y su civilización.

Una Sin’dorei le acompañaba, esperaba el momento en que la puerta tuviera el acceso para poder abrirla; el idioma no supuso un problema, la elfa recordaba todavía la lengua común de los humanos, le fue relativamente fácil poder hablar con él, pero solo hubo una razón por el trabajo en equipo: Ella consiguió la Estrellada llave de la Luna, objeto que el humano buscaba cerca de donde se guardaba, pero para entonces, cuando sus investigaciones le llevaban al lugar, encontró a la elfa marchándose con la llave, se la adelantó. La persiguió durante varios días, hasta que pudo acorralarla. Le contó sus verdaderas intenciones en Orsis, no quería hacerla daño, sabía que eran colegas en lo que respecta a la profesión e intuyó que sabría comprenderle. La elfa le escuchó e hicieron un trato: Cooperarían juntos para poder abrir la puerta, lejos de donde procedían o a quien sirvieran.

—Ya casi lo hemos logrado, Lady Presea. —anunció el humano espectante, esperando en que acabaran los obreros de quitar el metro de arena que faltaba.

—Sí…—contestó mientras observaba la ranura que había en la enorme puerta maciza de oro. La ranura era estrellada, congeniaba perfectamente con la llave que poseía.— Sea cuidadoso Doctor Jones— le previno mientras se la entregaba.

—Siempre lo soy, no está hablando con un estudiante My Lady. —respondió con tono neutro.

El paso quedó libre donde celebraban los obreros entre gritos de entusiasmo y aplausos, al fin podrían ver lo que tanto se rumoreaba, los tesoros que ocultaba y que tal vez podrían ganarse una generosa comisión por su árduo trabajo. Jones y Presea se acercaron a la puerta felicitando a todos.

—Llegó la hora. —anunció el humano.

Estaba nervioso por la emoción, colocó la llave estrellada en la ranura, comprobó que era la auténtica llave del Templo de la Luna del cual sonrió. La giró a unos 85 grados hacia la derecha, la empujó hacia adentro, la ranura se cerró de repente engullendo la llave donde le dio tiempo a apartar la mano en un acto reflejo. Lentamente la puerta se abría levantándose desde el suelo. El interior era demasiado oscuro, tan solo veían lo que podía alcanzar la silueta de luz del umbral.

—¡Una antorcha! —bramó una orden Jones extendiendo una mano para que le alcanzara una.

Repartieron antorchas a algunos que entraban dentro de la pirámide. Era inmenso el lugar, habían varios sarcófagos, jeroglíficos grabados en la pared, cantidad de figuras de oro macizo y piedras preciosas. Algunos que acompañaban a la expedición se acercaban con ojos avaros a esas riquezas riendo como si entraran en una locura, cogiendo algunas figuras que representaban a los mismos vigilantes de la Cámara de los Orígenes.

—No toquéis nada. —advirtió Jones con mirada amenazante.

—¡Es nuestro botín! ¡tenemos derecho a recoger nuestra recompensa! —exigió uno de los hombres. Era un hombre obeso, con una perilla ridícula.

La elfa avanzó más adentro. Fijaba la mirada en uno de los recovecos de un sarcófago dejando que los humanos se acaloren en una disputa, acercó la antorcha para arrojar más luz, quería ver si era lo que sus ojos no la engañaban, había una vasija donde dentro de ella se hallaba unos pergaminos antiguos. Sonrió ampliamente.

—Doctor Jones —le llamó. El humano dejó de discutir con aquel hombre y fue rápidamente donde estaba.— Los Papiros de Neferset.

El humano sonrió, rió levemente, para él era más importante que todos los tesoros que se hallaban en el templo, del mismo modo que ella.

—Enhorabuena, Mi Lady. —dijo con sinceridad Jones.

—No, Doctor. Ambos lo encontramos.

El suelo comenzó a temblar, todos miraron hacia afuera, la puerta poco a poco se estaba cerrando.
El anterior hombre que exigía su parte, había tocado una de las piezas que activaba un mecanismo de cierre.

—¡Salgamos de aquí! —gritó el hombre seboso, pero no parecía irse el primero. Trataba de coger todos los objetos de valor que podía en los preciados segundos que le concediera la puerta dentro de la bolsa que ya estaba medio llena.

La elfa cogió los papiros, sabía que no eran los únicos de ese lugar, corrió hacia los sarcófagos restantes por si encontrara algo más pero Jones no escatimó en esperarla, la cogió del brazo obligándola a salir, la puerta estaba casi cerrada.

—¡Corra! —gritó.

Pasaron por debajo de la puerta, apenas había un metro, estaba apunto de sellarse. El seboso intentó cargar con la mochila, pero era tan pesada que la iba arrastrando hasta la salida, al ver que su vida tenía más valor que los tesoros, se tiró bajo la puerta. Los obreros a duras penas consiguieron sacarle de ahí. Se levantó empujando a los que le echaron una mano, dando patadas en la arena y golpeando la puerta, maldiciendo a voz en cuello.

—La llave… -advirtió Presea viendo de que no podían recuperarla.

—Al menos pudimos salvar los manuscritos. —suspiró con resignación Jones.

—Pero no están todos. Creo que en los sarcófagos estaban escondidos los demás cofres, solo pudimos salvar esto.

El humano la miró dubitativo.

—¿Cómo lo haremos? Solo tenemos lo que usted posee y…

—No se preocupe —le interrumpió— podemos hacerlo juntos. Pasaré unos días en Ramkahen, si quiere, puede acompañarme.

—¿No huirá de nuevo? —sonrió bromeando.

—Le prometo que no, esta vez es diferente.

—Guárdelos. Mañana podemos empezar a abrir la investigación. —concluyó con confianza.

La oscilación cambió el clima en la noche cerrada. Recién llegaba a la ciudad Tol’vir la caravana de la expedición, Presea bajó de su camello con elegancia, dio unas palmadas en el cuello del animal, entró en la posada de Mar’at situada junto al lago Vir’naal. Deseaba cenar, darse un buen baño caliente y descansar. Advirtió de un sobre en su alcoba encima de la cama.

“A la Atención de Lady Presea Loren’thar”

Se extrañó viendo que lo que sellaba el sobre era el escudo de Lunargenta. Intrigada, se asomó al posadero Tol’vir:

—Tabat ¿cuando recibí esto?

—Esta maniana, siniora, después de que se fuera a la expedisión. —contestó con un acento remarcado.

Hizo una mueca de aceptación, volvió a su alcoba y abrió el sobre. Sacó la carta donde leyó con letra muy cuidadosa:

“A la atención de Presea Loren’thar, Hija de Gamaliel y Amelia Loren’thar.
Reverenciada arcanista y reputada arqueóloga Sin’dorei.

Alzó una ceja con cierto asombro.

—Pero si hace una eternidad que no piso la ciudad… —dijo para sí con extrañez. Prosiguió leyendo:

“Lady Presea, la Corte del Sol reclama vuestros servicios en calidad de Magister de la ciudad de Lunargenta.

El Relicario ha estado estudiando vuestros progresos y el Concilio de Magisteres os ha juzgado ameritadora de la licencia de enseñanza en la ciudad de Lunargenta. Queremos que regreséis y que adoctrinéis a las nuevas generaciones en lo que habéis descubierto.

Se os proporcionarán fondos para que continuéis vuestra investigación desde Lunargenta con el soporte del relicario y del Concilio de Magisteres asimismo. Se os proporcionará manutención integral y santuario en los límites del Reino, se os otorgará por la presente la acreditación para inagurar un órgano escolástico. Venid con la mayor urgencia a la Corte del Sol para recibir vuestra nueva dignidad y sus privilegios correspondientes.”

Atentamente

Magístrix Istimiel.

—¿¿Cómo?? —dijo en voz alta sin dar crédito, tuvo que sentarse un momento.

Paseó en la habitación. El sello del Concilio a pie de página no era falso, conocía a la Magistrix de haberla visto un par de veces. Meditó muy bien lo que le proponían, era tentador: por un lado, le gustaba enseñar, ya lo hizo con algunos miembros de la Orden, pero no a escala oficial. Por el otro, tendría que ralentizar su búsqueda o incluso anularla. Imaginó que el Concilio habría mirado en los archivos del Censo para investigar sus progresos académicos, arcanos y licenciatura, sin contar el que sea un miembro del Kirin’tor. “Podría ser una buena oportunidad” pensó “pero…” miró los papiros, estuvo varios minutos tomando una decisión en qué hacer con ellos. Sacó su cuaderno de seguimiento, el mapa celestial estaba tan cerca, pero… De pronto abrió los ojos en una idea. No iba a desistir de su búsqueda, habían otros métodos. Desenrolló los pergaminos extendiéndolos en la cama, comenzó a trabajar de inmediato, la decisión estaba tomada. Probablemente hablasen de su siguiente paso hacia su investigación.

La mañana llegó más deprisa de lo que ella esperaba, no había dormido en toda la noche. Antes de que se alzara el sol, preparó su equipaje, había terminado de leer los papiros y de tomar apuntes en lo que necesitaba. Jones acudió a la posada, frunció el cejo percibiendo que la elfa no se quedaría ahí por mucho tiempo.

—Tenéis un aspecto horrible. —dijo Jones con cierta cordialidad y suspicacia.- No parece que hayáis descansado bien.

—Ha sido una larga noche de decisiones. —respondió entregándole los papiros. El humano la miró con extraño asombro.

—¿Qué hacéis?

—Un obsequio. Ya he descifrado su contenido, apenas habla de lo que estoy buscando.

—¿Ha estado toda la noche descifrándolos? —preguntó sospechoso— Creí que habíamos acordado compartirlo. ¿Qué está buscando? Puedo ayudarla.

—Lamento no revelarlo, Doctor, pero es confidencial. De todos modos, hay otros asuntos que requieren mi atención en Lunargenta. —Contestó.

El posadero traía al dracoleón de la elfa donde lo estuvo cuidando en el establo.

—Aquí tiene, siniora Presea. —dijo el Tol’vir entregándole las riendas del animal.

—Gracias por todo, Tabat. —Las cogió mientras le estrechaba la mano de forma afectuosa.

—A sido un pliaser siniora, vuelva cuando quiera. —la sonrió amablemente.

Miró al humano con cierto pesar, sonriéndole amablemente.

—A usted también, por ofrecerme su equipo, Gracias por su ayuda. Fue más rápido llegar hasta el Templo de la Luna con usted —le dijo a Jones con una amplia sonrisa, extendiéndole la mano.

Jones cogió su mano y besó sus nudillos.

—Un placer haber trabajado con usted, Mi Lady. Solo espero que algún día me revele qué está buscando y no juegue a los misterios.

—Siento mucho no poder compartirlo, pero seguramente algún día, lo sabrá por usted mismo, Doctor. —estrechó su mano, la soltó y se subió a su dracoleón. Cogió las riendas y miró de nuevo a Jones.— Al diel Shala. —alzó el vuelo rumbo hacia el norte.

El viaje duró varios días, aún no quiso llegar cuanto antes a Lunargenta. Sin estar bajo la mirada del Doctor Jones podía terminar de confirmar algunos misterios que le han llevado los papiros hacia otro paso más. Solo cuando obtuvo lo que quería fue cuando decidió usar sus habilidades arcanas para abrir un portal hacia la ciudad.

Llegó a la gran sala de los instructores de la magia donde una Sin’dorei vestida con unos ropajes muy elegantes, una túnica muy familiar del Consejo Magister, la esperaba. Tenía un aspecto severo, erguido, por las facciones de su rostro se podría adivinar que era alguien poco flexible y exigente.

—Bienvenida a Lunargenta, Lady Presea —la elfa se inclinaba en una leve reverencia.

—Magistrix Itismiel —inclinó su cabeza, un poco sorprendida ya que esperaba anunciar su llegada a la ciudad mediante una misiva e ir un poco más apropiada.— Al fin nos conocemos.

—Por favor, acompañadme. —mientras ambas elfas caminaban saliendo de palacio, Istimiel preguntó— ¿Habéis experimentado alguna turbulencia en el viaje de regreso?

—Me encontraba en Uldum, —respondió.— en la otra punta de Azeroth. Tenía asuntos que zanjar antes de poder venir a su cita.

La Magistrix miró por encima del hombro. Asintió, delicada, pero firmemente.

—Hace días, un loco estuvo jugando con las corrientes de magia cerca de la Corte del Sol. Pensé que podríais haber sufrido alguna inconveniencia por su culpa.

—Supongo que he tenido la fortuna de no usar los portales. —frunció el cejo ante la noticia.- Al menos no en ese tiempo propicio.

—Habéis hecho bien. Aún estamos persiguiendo a ese desgraciado.

Llegaron a un edificio donde habían empleados colocando archivos. En una de las mesas una pluma sin que una mano la dirigiera, estaba escribiendo en un pergamino, un elfo volvió a sentarse en su escritorio para proseguir con la escritura donde la pluma lo había dejado. Al parecer había cogido unos libros del cual Presea no se fijó especialmente en los títulos, pero por su grosor y la magnitud del tamaño, podría ser algún tipo de ley o estipulaciones del ayuntamiento.

—Me ha llamado especialmente la atención su misiva. —dijo volviendo la vista hacia Itismiel.

—Por favor, sentaos. —invitó a Presea desplegando su mano abarcando la silla.

—Si… —obedeció tomando asiento.

—Decidme, mientras voy preparando los trámites y los papeles del contrato que debéis firmar.— la dijo mientras rebuscaba en la estantería. Entre los estantes polvorientos, sacó algunos libros y ojeó la cubierta rápidamente.

—Me preguntaba… qué méritos hice para llamar la atención del Consejo Magister. Nunca me había pasado esto. —dijo con prudencia.— Llevo tiempo fuera de la ciudad y su política.

—Por lo visto, el líder del Relicario había estado observando vuestros progresos, aunque lleváis mucho tiempo sin publicar ninguna tesis de investigación… —la contestó sin mirarla, seguía ojeando los documentos, buscando el apropiado.

—¿Puedo aventurar que el Lider del Relicario mantiene contacto con el Kirin’tor?

—Sería una alternativa posible, sí. No lo conozco lo suficiente para emitir ese juicio.

—Comprendo. —dijo reflexiva, bajando un poco los párpados.— Reconozco que para mí es un honor.

La Magistrix dio con el legajo de papeles apropiado. Sus ojos se iluminaron. Los hizo levitar hacia Presea donde tomó los papeles y los ojeó. Itismiel enarcó suavemente las cejas, pero mantuvo su expresión calmada.

—Espero que esta unión sea buena para todos. —dijo la Magistrix observando como Presea procedía a la lectura. Se acercó y apuntó con el dedo índice a uno de los formularios.— Son instancias censales forman parte del contrato de los Magísteres de la ciudad. Simplemente, ratifican lo que ya sabéis:
«Se os concederán instalacios y medios para llevar a cabo vuestras investigaciones en arqueología, o en cualquier otro campo que estéis estudiando en estos momentos. Además, se os concederá cátedra y la licencia para impartir clases a pupilos, que podréis adoptar como ayudantes en vuestros experimentos.»

—Interesante.

—Eso arrojará una luz más positiva sobre Quel’Thalas y nuestra erudición. —añadió Itismiel— A cambio, el contrato estipula que vuestras investigaciones serán presentadas periódicamente al Consejo de Magísteres de la ciudad. Se os concederán más o menos fondos en función de vuestros hallazgos y de la medida en que contribuyan con Lunargenta. Asimismo, se os otorgará un ayudante nacional que os asistirá en todo momento.

Presea levantó la mirada del contrato hacia la elfa con curiosidad.

—Un experto en materias de magia arcana. -prosiguió ante aquella mirada— Y otras áreas del saber.

—Eso quiere decir… que todo lo que ejerza en la enseñanza o lo que haga, incluido la elección de personal escoláico, quedará a vuestra supervisión. —intuyó.

—Eso significa que contaréis con la aprobación directa y la involucración personal del Concilio de Magísteres. Creedme, lady Presea, este es un beneficio del que muy pocos arcanistas en la ciudad disponen. Muchos, se matarían por conseguirlo. Y me temo que no exagero. Que los más insignes magos de Quel’Thalas cobren interés en tu investigación, es algo que no sucede con frecuencia…

Presea torció el gesto.

—Asusta, la verdad. Incluso no sé si llegaré a la altura de lo que exija el Concilio. —vio como la Magistrix levantaba una ceja con una expresión peculiar.— Aún así —dijo rápidamente— estoy interesada.

—Está en vuestras manos elegir. Pero, debéis saber que hay otros que esperan una oportunidad así y que están esperando a que rechacéis…

—No lo voy a rechazar. Acepto. —dijo con firmeza y convicción, lo cual le dio tiempo a sorprenderse de sí misma, unos cuantos años atrás y estaría dudando, terminar por rechazar tal puesto por no creerse capaz de semejante responsabilidad. Esbozó una sonrisa celebrando no sentirse tan insegura en esos momentos.

La Magistrix orbitó una pluma entintada del escritorio con un meneo de su dedo.

—Sólo debéis firmar. Consignad este documento y su réplica. Quedaos la última.

Presea cogió la pluma delicadamente, e hizo una firma muy floritureada y elegante, envolviéndolo un arco en todo su nombre. La entregó el contrato firmado y se quedó con la última hoja, tal como la dijo. Istimiel inclinó sutilmente la mano y el papiro se archivó dentro de un rollo de pergaminos, flotando suspendido a dos metros sobre el suelo. Volvió a dirigirse a ella en una sonrisa.

—Bienvenida a Lunargenta, Magistrix Presea. Pronto sabréis quién será vuestro acompañante designado.

Presea inclinó la cabeza en humildad.

—¿Tenéis alguna duda? —preguntó Istimiel.

—Sí

—Os escucho.

—¿Se ha abierto otro tipo de escuela? o ¿la Academia Falthrien aún da enseñanza a los interesados? Hace años que salí de ella, no sé si aún está en pie.

—La Academia Falthrien ya no existe como institución, milady. Fue ocupada por los desdichados. Todos sus discípulos han huido o están muertos. O… algo peor.

Presea se apenó ante tal noticia un instante.

—Comprendo… entonces… —levantó la mirada hacia la elfa— Creo que la academia no está en el edificio.

Itismiel la miró sin entender.

—Me refiero -—añadió.— que podríamos trasladarla. Ha sido un lugar de enseñanza desde muchos siglos
y creo que merece que la rescatemos.

—La antigua Academia Falthrien cerró su capítulo en la Isla del Caminante del Sol… Si queréis abrir una nueva para conservar su legado… sois libre de hacerlo.

—Si el Consejo me lo concede, reabriré dicha Academia en Lunargenta. Es el lugar más seguro.

—Tenéis tiempo para preparar un borrador. Para cuando lo hayáis hecho, se os comunicará quién será vuestro asistente.

—De acuerdo.

—Si no necesitáis nada más, milady, debo marcharme a informar al Consejo…

—Aún no hemos tratado algo importante.

-Vos diréis.

—A menos que lo deseéis que lo exponga en el borrador las asignaturas que se impartirán.

—Queda a vuestro criterio.

—Debo admitir que me alaga la confianza depositada en mí. —dijo sonriendo ante tal aprobación.

—Sed justa con vuestra capacidad docente para impartir las materias sobre las que conozcáis. O para convocar a aquellos que creáis que pueden serviros de soporte.

—Garantizo que serán meramente útiles para enseñar con sabiduría

—Vuestras clases serán remuneradas y se os otogarán fondos para vuestra investigación en función de su éxito.

—Gracias, Magistrix. —se inclinó agradecida.

—Lady Presea… —correspondió la reverencia dando por finalizada la cita y se marchó.

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3º Parte: Memorias de Eolion

Unos apresurados pies subían por las escaleras de madera desde el vestíbulo de la posada hacia las habitaciones. Eolion estaba sonriendo como no lo hacía en varias semanas. Sujetaba entre sus manos unos presentes que le regaló su mejor amigo y del cual no esperaba su llegada. Abrió abrupta la puerta de su habitación y volvió a encerrarse mientras reía bajito entre la dicha y el entusiasmo, con ganas de volver a sentarse en la silla, coger el diario del cajón y volver a redactar sus memorias:

“Hoy mi corazón se llena de dicha. Raynard ha regresado después de semanas fuera de Linde. Un rayo de luz alumbra mi vida. Me he sentido tan perdida sin él que ahora parece que todo tiene color. Volvió cargado de regalos, ¡al fin puedo proteger este diario! Me ha regalado un tomo-arcón para esconder cualquier cosa que necesite sin pensar que algo así podría darme garantías de que mi secreto esté bien guardado. Tal tomo, simulando la de un libro antiguo con mosaicos y runas en la tapadera, sólo se abriría si embuía mi magia en él. Las runas reflejarían mi poder arcano bajo mi esencia y solo yo podría abrirlo. Debo continuar. Mis deseos de abandonar se acrecientan cada vez más, ¿o tal vez es por que Raynard está aquí? No lo sé… siento una esperanza que hacía tiempo no sentí. Una seguridad que arde en mi cada vez más:

No quisiera omitir la razón de por qué tienes una petaca de plata en tu baúl o en la maleta que tal vez lleves contigo. Tiene un importante significado. Se trata de la petaca de Edward.

Me enteré más tarde que pronto iban a celebrar el Año Nuevo Lunar del Carnero que el Ministro Wi celebraba en su mansión. Necesitaban personal, y a mi me venía perfecto las horas extras. El dinero me serviría para ahorrar para otro vestido que encuentre de ocasión. Agradé a la señorita Desfire en la entrevista, organizadora del cátering y quien se ocupaba del personal. Días después llegó ese día donde toda la nobleza iban a asistir a ese evento. Todo pareció ir bien, la aristocracia se reunió mientras charlaban de temas aburridos, servía la bandeja con las bebidas, o los canapés. Casi en mitad de la velada, el Ministro Wi apareció bajando por las reales escaleras tapizadas con una alfombra roja, donde dio un discurso a favor del reino y de Tyria. Pensé que sería un discurso aburrido, sin embargo, estaba cargado de un mensaje de unión contra los dragones que habían despertado. Al finalizar su discurso, la oleada de murmullos volvió a ambientar la sala de recepción y los músicos volvieron a tocar una suave melodía para acompañar. Pero algo inesperado ocurrió ese día, donde la velada terminó en desgracia. Se había cometido un secuestro y se desconocía quien lo orquestó. Lo que sí se supo, es que eran invitados que habían asistido al evento, con otros nombres y con otro aspecto.

En principio, a pesar del suceso, no me interesaba demasiado. Creí que lo mejor era dejarlo en manos de los Serafines y que ellos se ocupasen del caso. Ese día, era el último día que pasaría con mi mejor amigo Raynard, pues él se iría al Priorato hacia las tierras de los Norns, y aunque en el fondo de mi corazón, hubiera ido con él y aprender magia por los mejores maestros Hipnotizadores, debía quedarme. Mi juramento con la orden me ataba al Susurro de la Doncella… hasta donde sea capaz. Para ayudarme en mis intentos de convertirme en Presea y cumplir con mis objetivos en un futuro, me regaló tres perfumes caros.
Al día siguiente, un joven llamado Erill que era un reportero del Daily Quaggan, quería sobornarme para poderle decir si sabía algo del secuestro. Obviamente, no sabía nada y me extrañaba que me preguntase justamente a mí. Sin embargo, confiaba que al estar en el Susurro de la Doncella, podía saber más de lo que aparentaba. Erill me hizo pensar sobre el caso, me interesó. Los ineptos de los Serafines no parecían resolverlo por que quienes lo hicieron, eran profesionales, apenas dejaron pistas. Sabía en ese instante quién podría ayudar a resolver el caso, quien podía indagar mejor, era Edward. Pensé que si le diese un objetivo, el dejaría de ir de taberna en taberna bañándose en whisky, aunque lo cierto es… que nunca le he visto borracho… o eso creo. Quería verle en acción, quería saber si sus proezas que tanto me contaron sobre él eran verdad.

Tenía que ensayar qué iba a decirle. Hablar con Edward me ponía nerviosa, temía que me descubriese pasase lo que pasase. Aprendí mi papel como Presea, la mujer enmascarada con ese vestido que compré en las subastas. Parecía una auténtica hipnotizadora adinerada enseñando mis curvas y perfumada con esos aromas embriagadores que Raynard me regaló. No debía sentir vergüenza, cualquier distracción era prioritaria para que no supiera quien era. Debía pensar muy bien el plan y de hecho lo tenía todo atado. Cualquier pregunta que me dijese, debía ser respondida con prontitud y sin titubear. La recompensa, sería lo que Erill me ofreciese, y esperaba una suma exquisita por darle la mejor exclusiva del secuestro con todo lujo de detalles para el periódico. Sabía donde encontrarle, me informaron que Edward frecuentaba la taberna más maleante de Linde “El comienzo del fin”, un nombre apropiado.
Fuí a verle, y aunque logré engañarle y no supo quien era, insistía conocer quién me contrató. Lo que le dije era sencillo de entender: Me había contratado un noble cercano al Ministro Wi. Quería total discreción para que se resuelva el caso. Le expliqué la situación actual de la investigación de los Serafines, incluso me identifiqué como miembro de la Orden de los Susurros diciéndole discretamente el santo y seña. Me sacó de ese tugurio para poder hablar en privado en un callejón. Volvió a insistirme quién me contrató. No quería el dinero, quería información, no confiaba en mí ni en mis palabras. Y aunque quise ser sutil, segura, persuasiva y tenaz, se negó a ayudarme. Mi error fue cogerle el brazo para detenerle. Me acorraló contra la pared, aún recuerdo lo que me dijo cuando presionó su cuerpo contra el mío, lastimándome: “¿querías verme en acción? Bien… la tendrás”. Me dio un puñetazo en el estómago, y mientras estaba encogida, quise quitarle la capucha, de hecho lo había conseguido, pero él fue más rapido, me aturdió dándome un cabezazo, mi cráneo rebotó contra la pared, me hizo una brecha. Mientras estaba aturdida, me estranguló. No podía respirar.”

Eolion paró de escribir y se tocó el cuello. Aún recuerda cómo se sintió, como el pánico la cegó. Dio un suspiro y continuó escribiendo:

“Me tiró al suelo. Yo me encontraba boca abajo, tratando de levantarme, pero me quedé a gatas, procurando llenar de aire mis pulmones y sujetarme el estómago lastimado. Me dio la vuelta con la punta del pie y sacó una de sus dagas enfundadas. Todo pasó en décimas de segundo cuando reaccioné al ver que estaba apunto de matarme. Primero intenté desenvainar la espada que tenía, pero me cogió la muñeca con tanta fuerza que me obligó a soltarla. Después, no sé cómo, tal vez por el pánico, por instinto de supervivencia, conseguí reducirle dándole una patada en sus partes. Mientras él caía de rodillas agonizando, gateé hacia atrás, sentí la mano de Edward que quería alcanzar mi tobillo, pero conseguí zafarme y huí de ahí tan rápido como mis piernas supieran correr. La adrenalina recorría mi cuerpo, las piernas me ardían. Veloz y sin rumbo, recorrí las calles de Linde hasta ir a un rincón donde podía estar segura en el Pabellón de la Corona. Me senté en el suelo. Sólo pensaba en que Edward podría haber sido capaz de matarme. Fracasé en mi “maravilloso” plan… y mientras luchaba por respirar en ese ataque de ansiedad, el dique que atenazaba mi garganta se liberó y las lágrimas rodaban raudas por mis mejillas. La boca del estómago me dolía tanto que vomité. Dioses… nunca había tenido tanto miedo. Toda esa seguridad ficticia que me creé como Presea comprendí que no era más que una mentira, y fuí tan estúpida, que antes de que pasara todo esto, me la creí.

Cuando sentí que podía estar algo más calmada, horrible con esas ropas que no pegaban conmigo, volví a la posada. Me dolía el cuerpo y las piernas me flaqueaban. Me di un baño. Tenía la máscara que me cubrió la cabeza manchada de sangre por la parte de atrás. Sané mi cabeza como pude, ya no sangraba. Tomé un brebaje para el dolor de cuerpo y me metí en la cama, lloré un poco más e intenté que ese brebaje asqueroso haga su efecto y me ayude a dormir.

Al día siguiente, me miré al espejo y me horroricé viendo mi cara demacrada con ojeras: Tenía un poco de chichón en la frente algo amoratado. En mi cuello se veían las marcas de los dedos de Edward y en mi muñeca. No podía tocarme la cabeza, también tenía un chichón en ella y bastante lastimado. Procuré llevar un pañuelo en el cuello y un jersey de manga larga. No sabía como tapar la frente, o disimularlo, así que, si Bob preguntase, tenía preparada la excusa de que me había caído y me di contra la pared de la forma más patosa y ridícula. Cuando llegó el momento de contárselo a Bob, tan solo me asintió y aceptó esa mala versión, pero no se lo creyó; más bien, se preocupó. No se me daba bien esta vez mentirle, pero no insistió. Cumplí con mi obligación, pero no lo hacía con la energía que solía hacerlo siempre.

Mientras fregaba el suelo a espalda de la entrada de la posada, Edward apareció esa mañana para solicitar una audiencia con el Maestro Iron con la intención de hablar sobre lo sucedido de aquella noche y saber quién era esa ‘agente’. Sentí la sangre recorrer por mis venas, me sobresaltaron las alarmas y me escondí de él. Si me viese magullada, enseguida sabría que yo era la mujer enmascarada, debía ocultarme. A Edward le extrañó mi actitud y aún más que me fuera así tan abruptamente, pero no hizo caso. Bob le sirvió su típico vaso de whisky, manifestando su preocupación por mí a él. A él… que poco le importaba siquiera tanto mi vida como mi presencia en esta posada. A él que siempre me ha tratado como si fuese una persona despreciable por las veces que he intentado que dejase de beber y darle razones para que me odie.

Salió de ahí tras apurar su copa y di un enorme suspiro de alivio liberando esa tensión. Cogí el cubo de fregar y la eché en las rendijas de las cloacas de fuera de la posada. No le había visto, ni presté atención si estaba cerca o lejos. Normalmente suele desaparecer nada más irse, pero supongo que lo poco que pudo ver de mí en la posada le llamó la atención. Entró. Estaba a mis espaldas y ni siquiera le había visto, ni Bob me advirtió que me seguía a la cocina. Me sobresaltó cuando me di la vuelta y vio mi frente. Palidecí, me hizo preguntas, yo le evadí. Quiso que le siguiera al ático de la posada donde estaba el cuarto de armas de la orden para hablar. Me costaba subir las escaleras, aún me dolía la boca del estómago y se dio cuenta que me movía dolorida por mucho que tratara de ocultárselo. Tenía miedo. Jamás tuve miedo a Edward como ese día. Había escuchado tantas veces sus amenazas por darme una paliza, que esta vez me lo creí. Volvió a preguntarme cómo me hice eso, me obligó a apartarme el pañuelo del cuello. Tenía ganas de salir corriendo, incluso le dije que tenía que hacer la comida y que no podía quedarme ahí, pero me respondió que de poder podía salir de ahí, pero tendría problemas si intentase cruzar esa puerta. Palidecí, el corazón me latía con tanta fuerza que probablemente, hasta Edward lo escuchaba.

Se quitó el guante derecho y me levantó la mano. Aparté la cara de la aprensión y cerré los ojos, estaba segura que iba a pegarme. Sinceramente… lo merecía. Le engañé, me hice pasar por otra y mi error me aplastaba más y más mi conciencia, pero en lugar de eso, sentí sus dedos que tocaban lo que me hizo en el cuello. No quise que me tocara, le aparté la mano sin ser brusca. Me hablaba… reprendiéndome con un tono seco por mi locura. Volvía a intentar tocar mi cuello, no vi su rostro en ningún momento, pero continuamente le apartaba la mano. Tenía la cabeza agachada, no quería que viese mi vergüenza y a todo le decía “sí, señor”. Finalmente, me agarró de la barbilla y me obligó a mirarle a los ojos para amenazarme que jamás me atreviese por mi bien de volver a darle una patada en su entrepierna. Me intimidó tanto esa amenaza, que no me salían las palabras.

Terminó de hablar conmigo y volvimos a bajar esas escaleras. Volvió a la barra y sacó su petaca, pensé que quería que Bob la volviera a llenar de whisky, pero en lugar de eso le dijo que me la diese. No comprendí por qué me la daba, se marchó sin más y yo no quise preguntarle para no contrariarle, era la primera vez que deseaba que se fuera. Bob estaba perplejo y obedeció a la petición de Edward, yo me la quedé, pero a pesar de preguntarle a Bob por qué me la dió, él no tenía respuesta a esa pregunta”.

Unos nudillos en la puerta la sobresaltó un poco y la interrumpió de seguir escribiendo.

-Eolion, ¿estás ahí? voy a llevar mis cosas en la habitación -era la voz de Raynard.

-¡Voy enseguida! -contestó sonriente.

Cerró el diario y esta vez, lo guardó en el tomo-arcón que le regaló su mejor amigo. Ahora podía ponerlo en la estantería con los pocos libros que tenía sobre magia básica. El diario estaba al fin seguro.

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2º Parte: Memorias de Eolion

gw2Su segunda mañana, después de hacer sus tareas, subía a su habitación para continuar el diario. No quería tardarse tanto como el primer día, y para ella era crucial estar pendiente de las campanadas lejanas del barrio de Ossa donde anunciarían la hora y así, no volver a entretenerse. Pasara lo que pasara, debía ser muy cuidadosa, y lo más importante: no ponerse nerviosa ante cualquier indicio de sospecha por sus actividades dentro de su cuarto. Tenía que seguir escribiendo. Cada vez le obsesionaba la idea de que, si algún día decidiese abandonar la orden, la borrarían la memoria y debían hacerlo quiera o no quiera para proteger los secretos que guardaban en ella:

“Tengo que aprovechar cada momento en que me sea posible escribir para recordar también por qué en el fondo creí en la Orden, y esa fe, tenía que ver con Edward:
Él era un huesped en esa posada y lo cierto es que, a pesar de que me intimidaba su presencia, sentía una extraña atracción que no supe comprender, ni siquiera a día de hoy que relato esta historia. Había algo en él… que no podría explicar con palabras… como si… escondiera una infinidad de secretos y lo soportara. Su fortaleza. Su salvación… o su perdición.

Quería ser alguien servicial cuando salió de su cuarto y volvimos a encontrar nuestras miradas. ¿Por qué me desarmaba tanto su mirada? Él seguía enfundado en esa capucha, y la poca luz que arrojaba en la sala que daba a su habitación apenas me dejó definir su rostro, me costaba mantener la mirada por mucho tiempo. De todas las veces que le encontraba, olía a whisky del barato. Siempre con una petaca guardada o pidiendo un vaso de whisky en la barra. Era… distante, frío. Sólo hablaba con monosílabos. Autoritario, déspota, arrogante, prepotente, grosero… Dioses… era imposible. Al menos ese día repitió tortitas, le gustaron. No podía ofrecerle nada a menos que él lo pidiera y lo recalcaba con advertencias de agresión algunas veces. Y aún así… un estúpido imán me atraía a ese hombre. No era difícil saber que sus problemas de alcoholismo eran por tantas vivencias que le pasó, nació en mí una insensata razón de querer ayudarle frente a su alcoholismo siendo sutil al principio. Quería que comiese, sabía que no comía bien, y le preparaba toda clase de platos para que bebiera menos. No le ofrecía whisky en las comidas, si no agua o en el desayuno un café. Y a pesar de sus advertencias de partirme el cuello y de que me metiera en mis asuntos, yo seguía haciendo lo contrario. Fui una temeraria, sabía que lo haría y no le temblaría el pulso al hacerlo, pero yo seguía metiéndome en su vida, hasta que harto se fue. Para qué engañarnos… no me extrañaba.

Durante su estancia, conocí al jefe de la posada y Guardián de la Orden. Un pequeño asura que al principio creí que era un cliente. Ya de antes, llegó un charr que no conocía de nada y que quería que le apuntase su copa de ron al jefe. Yo, por supuesto, si no conocía a la gente, no fiaba. Eso le molestó considerablemente, pero no me importó. Había demasiado descarado por la ciudad como para que me metiese en un lío y perdiese mi trabajo ¡ni hablar! Pero me asaltaron las alarmas cuando vi que el pequeño asura y el charr iban directamente a mi cocina, ¿pero qué se habían pensado? ¿que aquí pueden entrar donde quieran? Je… cogí la escoba, ¡Los iba a echar a patadas! aún más cuando vi que se metían en el sótano, donde Melissandre me ordenó que bajo ningún concepto bajase. Bajé de inmediato con escoba en mano bramando que se largasen de aquí, que era propiedad privada. Pero el asura me paró los pies y me anunció amenazante que él era el jefe del establecimiento, y que si no me marchase de ahí, iba a despedirme.

Palidecí y me fuí de ahí corriendo a zancadas. Dioses… quería que la tierra me tragase. No tenía ni idea de quién era mi jefe, como tampoco tenía ni idea de qué estaba pasando en ese sótano. Me angustiaba por momentos pensando en que se acabó, en que iba a perder lo que tanto me costó ganar, mi trabajo. Se me hizo un nudo en el estómago. Me mandó arriba a hablar y sentía como la tierra empezaba a agrietarse bajo mis pies. Estaba muy tensa, agarrotada, y mirando esos enormes ojos del asura clavarse en los míos, estudiándome. Su pseudo era Iron, así se presentó. Me hizo preguntas sobre quién me contrató, sobre mi vida y respondí a todas. Una sonrisa se dibujó en esos pequeños labios y todo lo contrario de lo que pensaba que me iba a pasar me dijo que le gustaba. Me veía como un lienzo en blanco, me habló de la Orden, en lo que luchaban, en lo que creían, y que la Orden podría cumplir mi sueño de ser una Ilusionista, ya que dentro de ella también habían maestros. Ahí fue cuando conocí a la señorita Guilty que pasaba por ahí, o escuchó lo suficiente como para sentir curiosidad, aunque no me veía preparada. Yo tampoco, la verdad. Pero quise aprovechar esa oportunidad y acepté sin reservas. Juré que serviría a esa causa y me dio las condiciones que necesitaba seguir tanto trabajando en la posada, como de qué forma debía servir.

Prometió enseñarme, yo estaba ansiosa. Me llevó a un lugar que aparentaba ser solitario. Encima de una cabeza de águila, una enorme estructura de acero del Pabellón de la Corona. Aprendí sobre los dragones, sobre la magia que estaba imbuida en todo Tyria, el por qué luchabamos, lo que había sucedido hasta entonces. Y por alguna extraña razón, relacioné la primera vez que Edward salió de aquella cocina y nos encontramos. Sí… él era de la Orden, no tenía la menor duda. Pregunté. Me confirmó mis sospechas y quise saber más de él. Quería saber todo de él, quería saber quién era y su nombre. Él me dijo que respondía por cinco nombres, pero ninguno era el real. De lo poco que pudo contarme… todas las respuestas eran que él fue un miembro importante de la Orden. No solo eso, había hecho muchas cosas por Tyria, por la Orden, hasta que la abandonó. Dioses… ¿por qué la abandonó? ¿por qué? todo lo relacioné. Su adicción al alcohol y lo que hizo en el pasado. Algo había pasado, algo se me escapaba. Habían páginas en blanco. Mi interés por Edward se acrecentó, del mismo modo que mi fe en la Orden.

Pero mi instrucción se demoraba. Tan solo tuve un par de encuentros con el Maestro Iron, y mi sed de conocimiento era cada vez más intensa. Durante esos días en el que sólo atendía en la posada, conocí a Daril, un joven un poco desastre; llegamos a ser amigos. Llegué a aprender con él a sentir la magia. Él decía que la magia está en todos, tan solo debemos despertar los sentidos y me enseñó cómo, con un pequeño juego de notas escritas con magia. Creí que era difícil, pero en realidad, no fue así. Mi interés por la magia era tal que enseguida busque esas sensaciones mágicas que no se veían, pero sí notarse. Qué agradable era sentir como discurría por mis dedos, no me asustaba, me maravillaba. Era preciosa, era… poesía. Sí… era mi destino.

Daril creyó en mí, quise hacer cosas por mí misma con su ayuda. Siempre recordaré cuando me entregó mi primer libro de magia básica en el paraje cerca de la casa del árbol, fuera de Linde, y con ello, él buscaba en mí una oportunidad para poder ser algo más que sólo amigos. No estaba preparada para una relación, y aunque en alguna que otra ocasión me advertían que no me acercase a Edward y que era un hombre peligroso, mi corazón involuntariamente lo estaba aceptando. Pero debía olvidarlo en sentido emocional. En parte, sabía que tenían razón, que no era bueno para mí un hombre como él, ni siquiera contemplaba tener la más mínima oportunidad de que Edward me aceptase al menos en confianza. Daril no aceptaba un “No” por respuesta, así que… preferí darle un “Tal vez”, conocernos mejor, ser amigos al menos, y quién sabe qué nos depararía el futuro. En ese momento pensé que Daril podría ayudarme a no obsesionarme con la idea de seguir acercándome a Edward. Pero… me equivoqué. A pesar de que mi cariño lo tenía, no podría quererlo de la misma forma que él me quería. Pero nunca se lo oculté.

El Maestro Iron me dijo en aquellos dos días que me estaba instruyendo, que debía hacerme un alter-ego. Una personalidad distinta cuando cubriera mi rostro frente al mundo cuando tocase hacer las misiones por mi propia seguridad. Una intérprete. Una persona distinta que vista de otra forma, que camine de otra forma, que hable con otra tonalidad. Nadie debía saber quién soy, excepto la orden o yo misma. Tenía que llamarme de otra forma, abandonar el nombre de Eolion cuando fuese ella. Así que, adopté el nombre de Presea como pseudo. Era el nombre de la Alhaja que perdí de mi madre cuando era niña. Jugaba con ella, lo único que tenía de su familia que poco habló de ella en vida. Me llevé una buena zurra.

Con Daril ensayé a ser ella. Una mujer segura, avispada, caminar con elegancia… y no como una campesina. Saber negociar y asomar esa sensualidad enterrada en no se donde. Compré vestidos en las subastas de Linde con las propinas que me daban los clientes de la posada. Eran bastante generosos. Mi primer vestido, era de una noble que subastaba sus vestidos pasados de moda. Eran atrevidos, pero no me importaba, solo tenía que remendar o reajustar con un poco de hilo, aguja y tijeras.”

Las camapandas del reloj anunciaban que pronto tenía que ir a comer. Eolion levantó la vista y apartó la pluma. Dio un hondo suspiro. Se mordió el labio inferior y volvió a guardar el diario al fondo del cajón.

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GuildWars2: Memorias de Eolion Oconell

En una librería cualquiera de Linde de la Divinidad, Eolion entró en busca de un diario con hojas en blanco, tinta suficiente y una pluma. Después de ser atendida por un amable señor rechoncho, antes de salir de la puerta, observó tras los cristales si hubiera alguien vigilando. Cuando no vio nada raro, metió lo que compró en su bolsa vacía cruzada en banda y salió de ahí despidiéndose del dependiente con una sonrisa. La puerta sonó nada más abrirla por la campanita que había en la cima de la hoja de la puerta.

Nunca antes había escrito sus memorias. Ni siquiera sabía si podría plasmar todo lo que le había sucedido en todo este tiempo desde que su vida cambió nada más entrar en la ciudad. Lo que habló Melissandre con ella en ese momento tan crucial en la que estaba completamente hastiada de todo -especialmente por Edward y lo ocurrido en esa mañana- quiso tomar la decisión de abandonar la Orden de los Susurros definitivamente, y hacer lo que tantas veces habían hablado antes de marcharse su mejor amigo Raynard sobre el Priorato. Pero no contó que tras haber estado ligada a aquel juramento, la condición era un precio demasiado alto: La borrarían la memoria justo después de haber sabido dónde se metía y de quién pertenecía El Susurro de la Doncella. No recordaría siquiera su aprendizaje como aprendiz de Ilusionista, ni a Dyren, su Maestro, ni a Melissandre a la que tanto aprecia, o incluso a su mejor amigo Raynard, al que conoció estando en la posada. O a su nueva hermanita Rayna, a quien cogió tanto cariño en tan poco tiempo. Eso era algo que se negaba rotundamente, no consentiría que eso pase, no querría olvidar todo lo que había vivido, aunque a veces haya deseado con todas sus fuerzas olvidar a Edward, ni siquiera ella estaría preparada para semejante decisión. Tan solo dio un profundo suspiro y miró hacia adelante, donde el barrio de Rurikton aparecía en aquella calle que bajaba desde la avenida principal que cercaba Linde.

Había hecho todo su trabajo en la posada. Atendió a los clientes el desayuno, limpió las habitaciones, y preparó la comida. Suerte de tener a Bob que la ayuda en la taberna, su compañero de trabajo y amigo. Sonrió al recordar las veces que la ha soportado sus momentos más angustiosos. “Mi querido Bob” se decía a sí misma mientras sus labios dibujaban una sonrisa. Estará eternamente agradecida.

Nada más cruzar el umbral, Bob fregaba el suelo de la taberna.

-¡Ya estoy aquí! -anunció.
-Bienvenida de vuelta, Eolion. -sonrió Bob, sujetando el palo de la fregona.- Creo que lo tenemos todo apunto para cuando tengamos que abrir. Ya he apagado el estofado que preparabas, tal y como me dijiste, ¿tengo que hacer algo más?
-No, Bob. Todo está bien. -le devuelve la sonrisa.- Estaré en mi habitación. Si necesitas algo, ya sabes donde estoy. -dijo mientras cruzaba el vestíbulo hacia las escaleras.
-Muy bien -respondió.

eolionLlegó a su habitación, no había nadie en el pasillo. Entró y cerró la puerta, asegurándola con un par de vueltas de llave. Dejó la bolsa encima de la cama y sacó lo que compró de la tienda. Tenía un pequeño escritorio donde encendió una pequeña lámpara de gas, pues su habitación no tenía una gran ventana que iluminara su cuarto. Se sentó en aquella vieja silla que crujía la madera nada más sentarse. Se acomodó abriendo la primera página en blanco, suspiró hondo, mojó la punta de la pluma en el frasco de tinta y se preparó mentalmente. Empezó a garabatear la primera hoja:

<Si te rindieras, si alguna vez sientes un vacío donde todo no parece encajar en tu vida, es hora de que leas este diario y empieces a recordar todas esas páginas de tu vida que arrancaron.>>

“Todo comenzó cuando perdí la finca Oconell, una finca familiar que por dos generaciones, desde que se asentaron los Oconell en Shaemoor, se acomodaron en esa acogedora villa. Probablemente no hará falta que me remonte tiempo atrás, recordar a mis padres y mis dos hermanas menores, pero jamás olvidaré lo que mi padre, Jacob Oconell, me decía:

<No dependas de nadie, lábrate tus propios esfuerzos. Lucha por ti misma, Eolion. Los Oconell siempre hemos sabido resolver nuestros propios problemas, y si tropiezas, no te quedes en el suelo, aprende a levantarte.>
Esas palabras cobran sentido día a día. He perdido la finca, no la pude defender cuando los centauros nos asediaron. Y a pesar de que los Serafines pudieron encontrar ayuda de unos héroes desconocidos, lo único que pude salvar, gracias a una Ilusionista misteriosa, fue mi vida. Desde entonces, viendo lo que fue capaz de hacer, ver cómo podía clonarse, desatar su magia arcana, engañar y confundir a esas bestias desalmadas, me propuse venir a Linde sin nada más que una pequeña maleta de cuero viejo y unos míseros ahorros con grandes esperanzas en los bolsillos. Quería ser como esa mujer, quería ser algún día una ilusionista, y con ello… poder algún día servir a Tyria o a quienes lo necesiten, del mismo modo que hicieron conmigo. Encontré a uno de los héroes que nos ayudaron llamado Connor, ingeniero con inventos raros y con la cabeza de chorlito. Más tarde, conocí a un Silvari que para mí era la pura inocencia personificada en un solo ser, mi querido Elurian, ¿cómo olvidarle? sea donde quiera que esté en este instante, espero que Melandru lo acoja en su seno y lo proteja más de lo que yo hubiera podido protegerle.

A pesar de que estuve pocos días con ellos, mis ahorros empezaban a resentirse. Cada vez tenía menos dinero para comer o para pasar la noche en una posada. Busqué trabajo desesperadamente por todo Linde de la Divinidad y no tuve suerte. He llegado a pasar las noches en un parque junto a Elurian, donde compartí charlas de las vivencias y costumbres de esa maravillosa raza, y de lo que les ocurría si sufrían demasiado, lo propensos que podían llegar a ser; corromperse si no supieran dominar sus emociones. Él lo llamaba esos Silvaris “La pesadilla”.

En mis andanzas por encontrar un trabajo, llegué a una misteriosa posada llamada El Susurro de la Doncella. Me atendió una mujer joven, pelirroja y atractiva llamada Melissandre. Vio la desesperación en mis ojos, y supongo que se compadeció de mí. Estaba de prueba ese mismo día, quería verme como me desenvolvía atendiendo a una taberna que cada noche siempre estaba abarrotada de gente. Mi primer día fue casi un desastre:
Mientras esperaba a la encargada de ese lugar, me permití gastarme un poco de mi escaso dinero para tomar algo. Fue entonces cuando conocí a un chico extraño con la cara echa un mapa. Se llamaba Cassiel. Sinceramente, no entendí en ese momento por qué no iba corriendo al hospital, pero su mayor excusa fue “no me gustan los médicos”. Bueno… es típico. Los matasanos a veces no son muy agradables, pero sí necesarios. Casi no recuerdo qué era lo que pasó ese día. Sólo sé que, en medio de una charla, mientras Connor y Elurian estaban ahí para acompañarme, un patoso Norn que me tapaba completamente la visión, caminó hacia atrás de espaldas y me dio un buen pisotón que casi me deja sin pie. Dioses… todavía recuerdo ese dolor. “

Del recuerdo, Eolion cruzó las piernas y se frotó el empeine por un momento con la mano izquierda, pero seguía escribiendo.

“Más que nada, porque justo en mi primer día, que fue ese ‘bendito’ día del pisotón, tuve que aguantar el dolor con todo el temple que yo misma me podía permitir. Tenía que impresionar a Melissandre, ¡necesitaba el trabajo! e hice todo cuanto estaba en mi mano, aunque con tanto jaleo de esa posada, era difícil poder atender las comandas a tanta velocidad. Qué decir… aún dormía en ese parque frente la estatua de Melandru junto a Elurian unos días más, aunque más tarde, me cobijé en la posada donde trabajaba cuando demostré que podía ser bastante más útil, aunque hiciera horas extras. Siempre recordaré el aviso de Mel:

<Bajo ninguna circunstancia, sea lo que sea, bajes al sótano. Está restringido, ¿lo entiendes?>

Esa restricción me pareció fácil de cumplir. Quería el trabajo y desde luego no me entró la curiosidad. Pero, dentro de lo que encerraba ese día, jamás olvidaré esos ojos marrones-verdosos tan intimidantes bajo una capucha. Tal vez no esté contando bien la historia de ese comienzo en que conocí a ‘Edward’. Sí… no es su nombre verdadero, de hecho, tuve que inventármelo para que respondiese y aceptase que le llamara así. Fue el día anterior a mi día de trabajo. Buscaba por días a la encargada, pero nunca la encontraba. Debes perdonarme el desorden particular a ese recuerdo, y quizás no sea el mejor de los recuerdos, y aunque mi mente querría que lo olvidaras y omitirlo a este diario, una parte de mí me grita que no quiere que le olvides. Espero que sepas gestionarlo bien.

Recuerdo ese día como si fuera ayer cuando nuestras miradas se encontraron en un accidente buscando el servicio de la posada, donde me topé con él. Salía justo de la cocina y nos chocamos. Su mirada era… tan intimidante. Parecía que podía ver a través de mí. Me arrebató el aliento y me sentí como un cervatillo asustado frente a un depredador, atenta a cualquier movimiento, sin pestañear. Paralizada. No podía levantar la planta del pie del suelo ¿cómo es posible que un hombre me intimidase tanto sólo con mirarme? Apartó la vista y siguió su camino. Fue entonces cuando recordé cómo respirar, no sé por cuánto tiempo estaba aguantando la respiración, o por cuántos segundos nos quedamos mirándonos a los ojos. Pero sean los que sean, para mí me parecía que el tiempo se había detenido. Era alto, podría medir 1,90 aproximadamente y aunque ocultaba su cuerpo en esa gabardina desgastada de color marrón, se podía intuir perfectamente que era de espalda ancha. Había hablado con Melissandre, y supongo que fue ahí donde la conocí, aunque no sabía que era la encargada de la posada, hasta que lo supe en mi primer día. Ni qué decir cuando llevaba tan solo un par de días trabajando ahí y Edward pidió alojamiento en la posada.

El día antes de que se alojase, no tenía ni idea de que iba a conocer a mi mejor e íntimo amigo. ¿Quién lo iba a decir? ni más ni menos que un noble de Halcón de Ébano, Lord Raynard Hambly. Un gallardo joven, de condición humilde, a pesar de pertenecer a una familia adinerada. No he conocido a muchos nobles, apenas uno de paso con su carruaje que pasaba por los campos de Shaemoor y era un hombre cruel y prepotente. Todos mis vecinos donde pasaban de vez en cuando a Linde para abastecerse de cosas que en el pueblo no disponíamos, comentaban desdeñosos tal clase social por ver a la plebe como seres inferiores. Sin embargo, Raynard era la excepción. Era gentil, amable y atento conmigo; tanto que en poco tiempo el trato dejó de ser simple formalismos a tener fantásticas charlas de temas tan interesantes como personales. Me inspiró mucha confianza y sé que fue mútuo. Cada día le despertaba para desayunar juntos y seguir nuestras charlas, ya que más tarde de ese momento de descanso, sin tener tantos clientes que atender a esas horas de la mañana, era el momento perfecto para proseguir lo que dejábamos pendiente el día anterior, si es que no podíamos vernos el resto del día. Me habló tantas veces del Priorato, de la cantidad de magos que había y que si me decidiese algún día, podría entrar en esa Orden que desde luego estaba hecha para mí. Pues lejos de que pudiese encontrar un trabajo, quería costearme las clases para empezar a aprender magia y ser la Ilusionista que quería ser. Cumplir mi sueño. Quién sabe… tal vez aquella mujer misteriosa que me salvó era del Priorato, no lo sé, pero desde luego pertenece al Pacto seguro. No debo olvidarlo. Tal vez, algún día, nuestros caminos se crucen nuevamente y quizás tengas la oportunidad para darle las gracias otra vez. Pero… esta vez, siendo una Ilusionista luchando codo con codo junto a mi heroína.”

Un par de golpes de nudillo en la puerta la devolvió a la realidad.

-¿Eolion? -la voz de Bob reconoció de inmediato.
-¿Sí? -preguntó inquieta, mientras cerraba el diario y lo guardaba en el fondo de un cajón.
-Ah, me tenías preocupado. Se te va a pasar la hora de comer y creo recordar que en media hora marchas a las clases de tu Maestro.
“Oh, ¡maldita sea!” se sobresaltó, no se había dado cuenta de la hora y rauda fue a la puerta para abrirla de nuevo girando a la inversa la llave. Bob estaba ahí, con cara extrañada.
-¿Qué? -preguntó al verle esa cara.
-Nada… me ha parecido raro que te encerraras. Normalmente no la sueles cerrar.
-Ya… bueno. Pero supongo que no pasa nada si me encierro. Es mi cuarto ¿no? -respondió un tanto a la defensiva.
-Tranquila, mujer…-alzó Bob las manos en rendición- No voy a entrar a tu cuarto sin permiso.
Eolion chasqueó la lengua al ver que se pasó un poco con el tono.
-Perdona, Bob. -murmuró en tono conciliador.
-No pasa nada. Va, venga. Ve a comer, antes de que se te haga demasiado tarde. -sonrió quitándole hierro.
-Vale, iré a cambiarme. Gracias por el aviso.
Bob se limitó a sonreirla. La guiñó un ojo y volvió al pasillo bajando por las escaleras. Eolion dio un profundo suspiro de alivio. Pase lo que pase, no debían saber nadie que estaba escribiendo un diario, ni siquiera él.
Se cambió y seguidamente, cerró su cuarto con llave. La llevó consigo bajo las vestiduras que solía llevar cuando dejaba de ser Eolion y se convertía en la misteriosa Presea encapuchada, llevándose consigo su nuevo secreto.