Publicado en Relatos

Idril: El susurro del ocaso

Por unanimidad de la encuesta que realicé en twitter, os daré un poco de la historia de Idril, aunque no se remonta tanto en el tiempo, salvo en el momento de la caída de Quel’thalas. Sin embargo, pretendo escribir más adelante lo que sucedió con ella e intercalar recuerdos que os ayuden a comprender el personaje.

Hace 13 años

—¡Eothan! —gritó Idril desgarrando su garganta, viendo a lo lejos cómo el templo de An’daroth caía, apagándose la luz arcana que proyectaba hacia el escudo. El enemigo rompió el hechizo de invisibilidad del templo que se podía ver desde las colinas de Corona del Sol. El Ban’dinoriel —el escudo mágico que envolvía el reino élfico— se estaba debilitando. Idril presentía que su hermano estaba en peligro. Los no-muertos invadían todo el bosque de Canción Eterna y la aldea, estaba perdida. Debían huir, pero la joven elfa, destrozada por el dolor, la impulsaba a ir hacia An’daroth para ayudar a Eothan. Un fuerte brazo la cercó y la atrajo apresándola para que no escape hacia su perdición. La elfa forcejeaba sin apartar los ojos del templo.

—¡Idril, es inútil! ¡tenemos que ir a la ciudad! —apresuró a decir su padre, mientras trataba de tranquilizarla abrazándola. Viendo la misma imagen que su hija contemplaba con profundo dolor, el tiempo apremiaba. No podía permitir que su pequeña hija, su única hija, tuviera el mismo destino. Con premura alcanzaron a Dalia, su esposa, para huir de la calamidad.

El templo de An’telas cayó pocos minutos más tarde, estaban rodeados. Los Errantes y parte de la guardia trataban de poner a tantos civiles como podían a salvo, interceptando a cualquier no-muerto que intentase alcanzarlos, pero eran demasiados.

—¡Corred! ¡Todo mago dispuesto, ayudad! ¡Mientras el Ban’dinoriel resista, su magia oscura no podrán usarla! —Bramó el Capitán.

“¡Shindu fallah na!”  (¡Ya están aquí!) . Almandur, al escuchar la petición del Capitán, estando junto a su hija y esposa, se detuvo y las miró.

—Poneos a salvo —las dijo.

Idril, viendo las intenciones que tenía su padre, se alarmó y le abrazó muy fuerte. Había visto como caían algunos soldados mientras corría la familia Susurra Alba. Su padre no podía teletransportarlos a la ciudad, precisaba concentración y para eso, era cuestión de estar en un lugar seguro para pasar desapercibidos e invocar el hechizo hasta la ciudad. Sin embargo, viendo que necesitaban más fuerzas para contener la plaga y reducirla, al menos, para que les diera tiempo a llegar a Lunargenta todos cuanto podían, Almandur* decidió quedarse.

—¡NO! No por favor… Ann’da, no te vayas… —suplicó entre lágrimas.

Almandur cogió de los brazos de su hija y trató de separarla de él. Forcejeó un poco, ya que Idril apretaba el abrazo, pero cedió para mirarle a los ojos. Su padre limpió sus lágrimas.

—Iré en cuanto pueda, lo prometo. Ve con tu madre. —tras decir eso, la dio un beso en la frente y a su esposa, una caricia en la mejilla— No miréis atrás. Id a la ciudad.

Dalia asintió conteniendo las emociones por su hija, mientras la abrazaba, ya que también temía por la suerte de su esposo. Corrieron, dejando a Almandur atrás. Debían ponerse a salvo, poner a salvo a su hija. Aceleraron tan rápido como las piernas le permitían, casi arrastrando a Idril.

—No te separes de mí, hija. —su voz se quebraba mientras aferraba su mano.

Se oían gritos de terror. Civiles buscando refugio en la ciudad. La plaga ganaba terreno y a pesar de que los rompehechizos y los mago les intentaban hacer un muro de contención, junto al resto de Los Errantes, caían bajo la espada de los campeones de Arthas.

—¡Dalía! ¡Aquí! —una voz conocida la llamaba. La elfa miró por todas partes hasta encontrar a su vecino. —¡Pronto! ¡Os trasladaré a Lunargenta!

—¡Oh, Gracias!

El Magister, los trajo en un refugio donde había más civiles asustados. Debía ser rápido para trasladar a todos. Se concentró lo suficiente mientras trazaba unas runas en el aire. Idril pudo sentir como algo tiraba desde su interior y de repente desaparecieron del campo de batalla, dejando apenas unas partículas arcanas en el aire hasta desvanecerse cada una.

Aparecieron en el Intercambio Real, donde cientos se mantenían a salvo… por el momento. Mientras Lunargenta se mantuviera en pie; pero la protección mágica que gozaba la ciudad le quedaba pocos minutos y la plaga se amontonaba en las puertas de la ciudad desesperados por destruir todo cuanto estuviese a su paso.

——————

Quel’danas

El cuerpo del Rey Anasterian cayó desplomado al suelo bajo la Agonía de Escarcha empuñada por Arthas. Felo’melorn, la espada del Rey, fue quebrada. Durante unos segundos, a los pies de la Fuente del Sol, todos los elfos que protegían con sus vidas las estancias sagradas, quedaron paralizados y sus esperanzas iban muriendo junto a su monarca. De pronto, un grito plagado de angustia rasgó el aire, un grito de la banshee Sylvanas después de haber presenciado la muerte de su monarca a manos del príncipe caído que la convirtió en lo que es ahora. No la arrebató la consciencia, quiso que presenciara cómo masacraba a su pueblo sin que ella pudiera hacer nada.  Arthas, miró satisfecho por última vez el cadáver del Rey muerto y fijó su atención en la Fuente del Sol.

La consternación de los elfos nobles era visible. Toda esperanza se desvaneció. Algunos les atenazó el pánico. La fuente del Sol estaba perdida, pero al menos, tratarían de salvar los héroes que quedaban a su pueblo. No. No podían permitir que su pueblo se extinguiera, así que, mientras morían por luchar hasta su último aliento, los pocos Magister que quedaban iban trasladando a grupos de supervivientes, incluso algunos que querían quedarse en contra de su voluntad por amor, por cariño. Hijos. Hermanos. Tantos como los héroes les permitiera. Iban cayendo muy rápido.

Almandur miró a su mujer e hija. Especialmente a ella.  Dalía vio lo que en esos momentos su esposo estaba pensando, fue entonces cuando se cruzaron las miradas y leyó lo que pretendía hacer. Asintió. Debían poner a salvo a Idril, luchar hasta el último aliento por retener a los no-muertos tanto como les sea posible junto al resto. Ahora debían ganar tiempo y que escape todo el que pueda.

Buscaron al Magister Solarcano, quien trasladó a Dalía e Idril hacia el Intercambio Real, donde parecía que otros magos que dominaban la traslación reunían pequeños grupos para llevarlos a salvo.

—¡Almandur! —Solarcano consiguió avistarlos, dispuesto a trasladar a toda la familia Susurra Alba.—No hay tiempo.

—No, amigo mío. Nos quedamos. Los retendremos tanto como podamos. No son muchos para contenerlos. Por favor, salvad a los que podáis. —miró a Idril y se la entregó al Magister.- Llévate a nuestra hija, por favor.

Idril se compungió en lágrimas negando, abrazando a su padre con fuerza.

—No, Ann’da, no… por favor… quiero quedarme.

Almandur separó esos brazos que tan fuerte le apretaban, viendo a su hija. Posó las manos en sus mejillas y enjugó sus lágrimas.

—Ve con ellos. Debes vivir y … seguir con tus estudios. —su voz se quebraba de saber que sería la última vez que vería a su hija. Se quitó el medallón del cuello, el símbolo Susurra Alba y se lo entregó a su hija. —Haz que estemos orgullosos de ti, Idril. —dijo al colgárselo al cuello.

Miró a Solarcano, pues conocía a su hija y en ese estado, sabía que volvería a abrazarlo y no podría soportar la despedida por más tiempo. Antes de que su hija reaccionase, la mano del mago tocó el hombro de Idril y en el proceso de la traslación se oyó un grito desgarrador. “¡¡ANN’DA!!”.

Autor:

"O todos, o ninguno". Nuestro lema. La unión nos hace fuertes, nos hace uno. La unión... nos hace invencibles.

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